Breaking the waves, una reseña

Nota del autor: El siguiente análisis contiene spoilers importantes sobre el argumento.

Breaking the waves es en cierto sentido la actuación estupenda de su actriz principal (Emily Watson como Bess) sumergida en el exquisito entramado dramático que constituiría el papel de su vida. Y es que Von Trier, con este film, inaugura tanto la trilogía del Golden Heart, como el nacimiento de un estilo marcadamente propio que le valdría –entre otros- el Premio Grand Prix del Festival Cannes y el reconocimiento internacional.

Destacan en este film la forma en que es filmada (que no se aleja tanto del Dogma 95), ya que es totalmente directa, austera y natural, utilizando banda sonora solo al comienzo de los episodios en los que se encuentra divido la película (banda sonora, que dicho sea de paso, es impecable). Inclusive desde la primera imagen que obtenemos, podemos ver que esta elección no es en vano, puesto que realza el valor propio de la historia y la actuación pura y emotiva frente a los efectismos y tecnicismos fílmicos.

En este primer plano que obtenemos de la protagonista, ya podemos observar que se trata de una joven de una bondad infantil exuberante. Ella vive en un pequeño pueblo religioso cerrado en sí mismo y receloso de los outsiders, donde gobiernan los Ancianos (grupo que comanda la Iglesia). A ellos les pide permiso para su casamiento con Jan (un outsider que trabaja en un barco petrolero), el cual autorizan, en tanto consideran que ella tiene una conducta ejemplar en su servicio a la Iglesia y Dios.

La elección de la religiosidad puritana como obstáculo dramático no es casual, ya que no sirve solo como un mero artefacto al que la protagonista deba rebelarse, sino como generador de interrogantes al entrar en juego con otros factores propios de la trama (como el amor, la sexualidad y la condición psiquiátrica de la protagonista).

Emily Watson, como Bess
Emily Watson, como Bess

Nos enteramos pronto de la virginidad de la protagonista, mediante dos escenas que lo retratan de manera maravillosa. La primera, en la que Bess le pide tener sexo en el baño de la fiesta, refleja las ansías de sexualidad de quién no la ha experimentado aún (culminando con el manchado de sangre en su vestido de novia, en una maravillosa metáfora). La segunda sucede en la habitación, donde podemos ver el asombro con que observa el cuerpo desnudo de su marido, en una mezcla de vergüenza y la felicidad que es parte del descubrimiento de la sexualidad y la corporalidad propia y ajena. Durante este periodo de compañía con Jan, de liberación sexual creciente, se muestra feliz y rebosante de amor, como nunca había sido, hasta que deben separarse.

Jan intentando salvar a un compañero de trabajo, sufre un accidente que lo dejaría parapléjico, al borde de la muerte. Bess comienza así su declive emocional y psicológico, por lo cual Dodo –la esposa de su difunto hermano- le aconseja que se trate con el Dr. Richardson. Este sin embargo, deja entrever, que la expresión de sentimientos es totalmente saludable, que son manifestaciones normales al encontrarse en situaciones extremas y por ello decide no medicarla.

Surgen así varias preguntas ¿Son las cuantiosas charlas de Bess con dios –emulado por ella en una voz más severa y profunda- un signo de su condición psiquiátrica rampante? ¿Es un modo de exteriorizar la violencia que produce el encuentro entre el ser y él debe ser, en una cultura severamente puritana? ¿Acaso puede realmente comunicarse con Dios? Lo cierto, es que independientemente de las respuestas, retrata maravillosamente los conflictos internos que sufre, así como también lo vemos funcionar como un mecanismo motor de sus decisiones, donde ella se rige ya no por las doxas religiosas del pueblo, sino por sus charlas directas con –lo que ella considera es- Dios.

Retomando la historia, Jan queda parapléjico y por tanto incapaz de tener sexo con ella. Para no causarle dolor (o quizás por perversión, como dice el Dr. Richardson) le pide que mantenga relaciones sexuales con otras personas y se lo cuente, que eso le haría mejor y le haría sentir que están juntos. Este es el gran dilema al que se enfrenta Bess, no quiere cumplir su deseo, puesto que solo ama a Jan y su pueblo no lo admitiría (la condenaría con la exclusión social), pero también desea que mejore. Es este amor en definitiva, lo que la incitaría finalmente a realizarlo.
Podemos ver entonces como progresivamente Bess se sacrifica para que Jan mejore (de sus incontables cirugías y recaídas), cumpliendo con lo que este le pide por Amor, el principio fundamental ante el que rige su vida, un amor que se configura en clave de sacrificio y no en pureza, apartándose así cada vez más de esta doxa religiosa e instaurándose en una religiosidad propia, una religiosidad-otra.

A propósito de esto, podemos ver como Bess se enfrenta al patriarcado reinante en la Iglesia (donde no pueden hablar las mujeres, ni asistir a los funerales) y se configura como una especie de Cristo femenino, que viene a revolucionar los dogmas estratificados. Esto podemos verlo tanto en como en la escena donde los niños la persiguen tirándole piedras y llamándola prostituta, mientras ella continua caminando con su bicicleta hasta que desfallece (resonándonos de alguna manera aquella historia de Jesús cargando la cruz mientras es blasfemado), como en su sacrificio por Jan – quién en el epilogo vuelve a caminar nuevamente- soportando el sufrimiento y la deshonra que le confieren, hasta su muerte, solo para salvarlo (lo que nos recuerda la crucifixión de Cristo para salvar a la humanidad).

Bess, en la escena de la colina.
Bess, en la escena de la colina.

Breaking the waves es, en ese sentido, una historia de amor y sacrificio, la historia de una persona desesperada que lo único que desea es ver saludable a su ser más querido. Es quizás sí, presa de un delirio psicológico, que en espiral creciente la lleva hacia la muerte. Pero es esa también la respuesta de una persona, humana, desesperada, que ama sin condiciones. Al fin y al cabo, nos deja el retrato -como diría el Dr. Richardson- no de una persona psicótica y neurótica, sino de una persona simplemente buena.

Para concluir, nos planteamos ¿Qué es esta historia? ¿Es una fábula religiosa? ¿Una crítica hacia los dogmas religiosos? ¿Una historia de amor? ¿Una historia de perversión y enfermedad? En esta película, como en el arte en general, no hay respuesta clara. Todos estos elementos se conjugan, formando una multiplicidad de sentidos que dan una riqueza única al drama en cuestión. Con este coctel de sexualidad, enfermedad, religión y amor, Lars logra sacar del lugar común al espectador, que de seguro no quedara indiferente ante el resonar intenso de las campanas del final.

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