2001: A Space Odyssey, o acerca de la identidad desconocida

Esta es la primera de las cuatro novelas que conforman la saga Odisea Espacial, compuesta por el británico Arthur Clarke en 1968. La misma fue escrita de manera simultánea a la realización de la película que lleva el mismo nombre –aunque el film se estrenó con unos meses de anticipo a la publicación del texto. Tanto la obra de Stanley Kubrick como la de Clarke se basan en la trama de un cuento escrito por este último veinte años antes.

2001 engloba una gran cantidad de temáticas complejas y amplias, que involucran al ser humano y lo afectan desde distintos aspectos. Sin embargo, podemos destacar por encima del resto tres problemas esenciales a la obra: el vertiginoso desarrollo de la tecnología, especialmente la robótica (que en cierta medida es causa y consecuencia de los otros dos puntos); la ancestral fascinación que el hombre ha sentido por las estrellas y todo lo que habita el Universo; y el origen de su propia mente. Todos estos tópicos, como vemos, aparecen con mayor o menor frecuencia en las obras de ciencia ficción, y son ya característicos del género.

Planteada esta tríada de cuestiones, el autor las enlaza de manera fantástica. Cada una de ellas depende en cierta medida del resto para poder alcanzar su culminación en el desenvolvimiento de la novela.

La estructura de la obra no respeta la forma “tradicional” de la novela –si es que podemos hablar de tal cosa. Esto es, porque se encuentra dividida en tres historias singulares (aunque son seis los capítulos), que podrían ser analizadas de manera independiente y funcionar cada una como una especie de relato. Al leerlas de corrido, sin embargo, se descubre su carácter de particular y se encuentra un sentido general de la narración.

CLARKE3

Arthur Clarke

Un recurso que Clarke utiliza con mucha frecuencia a lo largo de toda la novela es el de la descripción detallada de paisajes. Al tratarse de una obra cuyo argumento nos transporta a personajes y escenarios totalmente ajenos a nuestro día a día, la precisión en la manera en que se nos muestra cada detalle juega un papel central.

Desde una Tierra remontada a tres millones de años en el pasado, pasando por bases lunares y visiones panorámicas de Saturno custodiado por sus lunas y anillos; éstos son algunos de los extravagantes y majestuosos escenarios a los cuales el autor nos traslada, aunque sea por un instante. La labor de Clarke se asemeja, en este contexto, a la de un artista que nos ilustra, que nos retrata en imágenes atmósferas nunca vistas.

Y es que justamente en eso consiste tal vez el narrar una historia, el articular hechos y personajes: en saber trazar sucesos posibles, eventualmente realizables. Se trata de universos alternativos, ficcionales, que se asemejan en mayor o menor medida aquello que llamamos realidad.

Volviendo un poco sobre el argumento, es interesante detenerse en la combinación que Clarke hace de las dos teorías/relatos que han servido a la humanidad para dar una respuesta a la pregunta por el origen de sí. Se habla en el texto de una creación, o más bien de una dación, pero no en el sentido netamente religioso. Se insinúa, simultáneamente, la presencia de una fuerza evolutiva, de una cadena que se diversifica y se torna cada vez más compleja –aunque no se mencione cuál es el origen “primero” de esta evolución.

Pero, ¿no está presente acaso una creación? ¿Cómo puede ser entonces que no se explicite el origen de la vida y el universo si se habla de tal cosa? Lo que sucede es que esa creación, obra de entidades a las que cómodamente puede caberles el mote de dioses, solamente hace referencia a la especie humana. El orden de la naturaleza, el cual parece no tener nada que ver con nosotros, se ve violentado por fuerzas externas.

Así, se da respuesta al planteo por el hombre, pero se deja abierta aún cualquier indagación en lo que concierne al nacimiento de la vida, de nuestro planeta, y del universo en general. Incluso la génesis de los seres que permitieron el desarrollo de la vida humana es incierta.

ODISEA ESPACIAL

Escena de la película homónima dirigida por Kubrick

Estas deidades poseen capacidades inimaginables, atributos totalmente ajenos a la condición del hombre. Sin embargo, estos dioses no siempre han sido tales. No son inmortales, y no siempre han existido bajo la forma de criaturas divinas. Al menos eso sugiere el texto.

Sus características son el resultado de una cadena evolutiva, y no de una condición de eternidad. En este sentido, resulta sugestivo ver que así como estos seres han llegado a tal nivel de poderío a través de un proceso “natural”, el camino hacia la omnipotencia es también eventualmente transitable para el hombre.

De esta manera, podríamos decir que 2001 es la historia de una búsqueda, de un reencuentro que no se sabe como tal. Aquello que ha sido olvidado por el hombre (o que nunca supo, aunque lo haya tenido en frente) es lo que se presenta ahora como nuevo, como desconocido. En ese contacto con lo otro, comprendemos que aquello no era tan ajeno a nosotros mismos; o, en todo caso, que nosotros mismos no éramos tan conocidos, tan propios.

En definitiva, lo que aquí se narra puede ser entendido también como el retrato de una orfandad. El hijo de las estrellas, que no es conciente de su noble condición, de su origen de realeza cósmica, toma contacto con aquello responsable de su ser. Y en ese contacto, que supone la ampliación de la mente hacia nuevas dimensiones, hacia posibilidades hasta el momento sólo palpables mediante la imaginación, cambia su historia para siempre.

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