El Astillero, un retrato del abandono y la locura

El astillero es una novela escrita por Juan Carlos Onetti, ganador del premio Cervantes, y publicada por primera vez en 1961. En ella, el autor nacido en Montevideo nos presenta a Larsen, un hombre de unos cincuenta que, tras un período de cinco años viviendo en el exterior (en una especie de exilio, cuyas causas no son del todo claras) decide regresar a su pueblo natal. En este retorno, el narrador lo describe como a un hombre más viejo, naturalmente, pero no sólo haciendo referencia a la edad; Larsen parece encontrarse en una situación de debacle, tanto financiera como personalmente.

Tras su llegada, el protagonista se las ingenia para conseguir un puesto de jerarquía en el astillero, propiedad de un tal Petrus. Dicho establecimiento, el cual se encuentra prácticamente en el medio de la nada (sobre la costa del país oriental, a unos kilómetros de Santa María, el pueblo al que Larsen ha regresado), atraviesa desde hace años un estado de abandono muy comprometedor.

Es en torno a la compañía que giran los hechos de la novela; en primera instancia, porque es el punto en común, el escenario que comparten prácticamente todos los personajes. Pero, además, el astillero es la encarnación misma de la miseria, el estancamiento y la decadencia propios de este particular universo narrativo.

Onetti2

Si nos detenemos un momento sobre el estilo del escritor uruguayo, una de las características que primero salta a la vista es la del predominio de las oraciones extensas, enroscadas y descriptivas; éstas exigen al lector una cuidadosa apreciación acerca de lo que se narra.

Las descripciones, especialmente las de escenarios y la apariencia física de los personajes, son sumamente detalladas, y están hechas como “al pasar”. La voz del narrador comienza hablando sobre un tema, y con el correr de las palabras se va como diluyendo, de manera muy disimulada, hasta realizar una extensa y compleja descripción de un edificio o un paisaje costero, por decir.

“Era absurdo hacer cálculos acerca de dónde sacaban el dinero –un peso el vaso chico y dos el grande de cualquier cosa aguada que les sirvieran- porque tampoco podía nadie saber de dónde salían ellos mismos, los clientes, en qué cueva o qué árbol, o debajo de qué piedra iban a refugiarse desde el momento en que los músicos negaban otros bises y enfundaban, y hasta la hora de la noche próxima en que el viejo del cuchillo en la cintura trepaba inseguro en una silla para encender el farol exterior que anunciaba sin alharaca al mundo la resurrección puntual de El Chamamé”.

Las metáforas expresan con mucha eficacia la tonalidad cansada, gris, levemente pesimista con que se expresa cada tema. El uso de voces distintas a las del narrador (que, dicho sea de paso, es uno en tercera persona con un personaje), manifestado en los pensamientos de Larsen –y eventualmente de algún otro- y en los diálogos que éste mantiene, van revelando lentamente cuál es el trasfondo del argumento.

Volviendo un poco sobre el contenido de la novela, sobre las temáticas que abarca, creo que sin duda la idea central de la obra –de acuerdo a nuestra lectura, claro- es la de entender todo acto, toda intención humana como un juego. Y a todo hombre, naturalmente, como un jugador.

Santa María, Uruguay

Faro de Santa María, Uruguay. Éste podría ser el escenario de la novela

Cuando hablo de juego me refiero a ficción, a ritual, a simulacro. Es en ese sentido que entendemos que cada individuo juega: al ejercer una profesión, al estudiar una carrera, al desempeñar una función dentro de una empresa; al ser esposo o padre o amigo; al encontrar formas de expresión y goce en su tiempo libre. Cada uno de esos actos se cumplen en dependencia de un rol, de una máscara que cada sujeto adopta temporalmente para dar sentido a su existencia, a su día a día.

Lo que sucede de particular en El astillero es que esos juegos, esos simulacros son defectuosos e incompletos. La empresa está quebrada, y eso es algo evidente para todos los personajes. El dueño no aparece, los sueldos no son cobrados, no hay obreros. Aún así, cada uno continúa cumpliendo sus funciones, o simulando hacerlo. Larsen –lo mismo Petrus, Kunz- hace de la empresa el eje de su nueva vida, y al hacerlo hace fingidos, ficticios sus propios actos. Se da, a su vez, cierta tensión en los personajes entre la entrega total a esta causa inútil, y el abandono -del cual no hay retorno- de todo juego, de toda voluntad y acción.

Dentro de esa fantasía, de ese juego del que todos son parte, aparece también la dualidad locura/cordura. El comprometerse con proyectos inevitablemente fracasados, rutinas que no poseen un impacto real ni en las cosas ni en uno mismo, son maneras de “profesar” la locura. Todos estos actos simulados sirven, tal vez, para evitar la realidad, la cordura, que en este caso llevaría de manera directa hacia otro tipo de locura, más terrible aún, causada por la conciencia del propio fracaso.

“Volvió a tener conciencia del invierno y la vejez, de la necesidad de una compensación de dureza y locura. Rehízo el camino al astillero, fue esquivando a pasitos las depresiones fangosas del baldío, se dejó guiar al fin por el resplandor amarillento de la casilla. (…) No se trataba de un miedo que él hubiera podido explicar de buena fe a cualquier amigo recuperado, a cualquier hombre abatido y reconocible que surgiese de la muerte o del olvido. <<Llega el momento en que algo sin importancia, sin sentido, nos obliga a despertar, y mirar las cosas tal como son.>> Era el miedo de la farsa, ahora emancipada, el miedo ante el primer aviso cierto de que el juego se había hecho independiente de él, de Petrus, de todos los que habían estado jugando seguros de que lo hacían por gusto y de que bastaba decir que no para que el juego cesara”.

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