Comentario al soneto XXIII de Garcilaso de la Vega.

“En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.”

Garcilaso de la Vega, Soneto XXIII.

Garcilaso de La Vega fue uno de los principales exponentes de la poesía española del Siglo de Oro. Escribió églogas, sonetos, canciones y elegías, recuperando la tradición poética desde la lírica provenzal hasta la propia poesía española más próxima.

Uno de sus sonetos más famosos es el Soneto XXIII. En este es notable la reminiscencia de la lírica petrarquista y de la estética y filosofía renacentista. Su esquema métrico ya nos remite a la poesía italiana, lugar donde, se cree, surgió el soneto como modelo de escritura. De allí, y de la cultura clásica, se tomarán los temas y los tópicos que observamos en este soneto.

En principio, cabe destacar la ausencia de un sujeto lírico. En ninguna parte del poema se nos explicita una primera persona que pueda aludir la existencia de esta categoría poética. Sin embargo, es posible deducir su presencia ya que si hay en el poema una segunda persona. Si hablamos de un destinatario de un mensaje, podemos hablar también de un emisor, que constituye este sujeto lírico tácito.

Esta voz nos relata, principalmente, dos conceptos, que se pueden relacionar a dos tópicos propios de la lírica renacentista, y que se diferencian claramente en el cuerpo del poema: uno se desarrolla en los primeros cuartetos, y el otro, en los tercetos. No están separados temáticamente: la misma estructura del soneto nos habla de una conexión entre los cuartetos y los tercetos, y este caso no es una excepción.

Los cuartetos consisten en una descripción de aquel destinatario del mensaje, que es una dama amada. Se repiten las tópicas petrarquistas de la exaltación de la belleza femenina (según el modelo renacentista), expresión del amor y pedido o exigencia hacia la amada.

Los tercetos, en cambio, si bien permiten una interpretación marginal a partir de la ambigüedad de ciertos versos (que luego se precisará), nos remiten principalmente al tópico del “tempus fugit” y al de “carpe diem”. Tenemos entonces la reminiscencia clásica, sobre todo de Virgilio (en cuanto al primer tópico) y de Horacio (en el segundo).

Posible retrato de Garcilaso de la Vega.
Posible retrato de Garcilaso de la Vega.

El primer verso comienza con la construcción “En tanto que (…)”. La misma estructura se repite en el comienzo del segundo cuarteto, lo cual nos indica la similitud sintáctica y semántica entre ambos. Los dos describen los rasgos de ese destinatario amado al cual se habla. Aquí observamos la presencia del estereotipo de belleza renacentista, que el mismo Petrarca manifiesta en muchos de sus poemas.

El modelo de belleza del Renacimiento estaba afianzado en un modelo estático: la mujer amada era una sola, la individualidad (tanto física como intelectual) no se consideraba[1], por lo tanto, todas las damas que son destinatarios de estos poemas líricos se describen de igual manera y poseen cualidades casi idénticas. Se manifestaba esta belleza a partir de fórmulas reiterativas. Las asociaciones metafóricas entre partes del cuerpo y ciertos objetos continúan la tradición petrarquista y se pueden resumir en una serie de epítetos: piel blanca, mejillas sonrojadas, cabello como oro, cuello blanco y erguido, etc.

Este estatismo o falta de heterogeneidad fue una de las principales causas del decaimiento de esta lírica. Sin embargo, en autores como Garcilaso, la presencia de esta tradición está acompañada de construcciones semánticas únicas por su elaboración y capacidad estética. Esto lo observamos ni bien seguimos leyendo el primer cuarteto, cuando notamos la relación semántica que Garcilaso realiza entre las flores y las propiedades contradictorias de la amada.

La antítesis “de rosa y de azucena[2] se corresponde con la posterior “ardiente, honesto” y la última “enciende (…) y (…) refrena”. Esta triple vinculación envía diversos significados, entre los cuales prima el de la complejidad que el sujeto poético observa en la forma de actuar de su amada: ella se muestra pulcra, virtuosa y honesta como una azucena, pero apasionada, sonrojada, viva como una rosa.

Esto cobra más sentido si comprendemos el primer y segundo cuarteto como una unidad: a medida que lo leemos pareciera que el sujeto poético describe a su amada a medida la observa, y que, según avanza las formas en las cuales se da esta contemplación, cambia el tipo de descripción.

Esto, además de explicar la razón de por qué primero se describe la cara de la dama y luego su cabello y su cuello[3], nos lleva a ese momento que es el encuentro de ambos amantes, revive ese recuerdo: el la observa y ella, sonrojada ante su mirada se da vuelta. Se desarrolla una sensación fuertemente visual.

En ese sonrojarse encuentra el poeta, a la vez, un alivio, y también una tortura. Si bien las mejillas de la dama delatan el interés que ella posee hacia él, la blancura (pureza) de su alma no le permitiría nunca ponerla en acción. El corazón del poeta se enciende pero se refrena a medida se da cuenta del amor correspondido y de la lógica imposibilidad de realizarlo[4].

Observamos también la pluralidad de significados que se denotan a partir de la figura de la rosa. Esta palabra tiene una densidad semántica extraordinaria: significa vida, belleza, pasión, pero también peligro, pues posee espinas. La utilización de esta metáfora no es aleatoria: Garcilaso quiere hacer presente esta coexistencia ambigua y ambivalente que apoya la caracterización de la amada.

La dama es observada porque es amada, y la verdadera víctima de este sentimiento tan contradictorio es el amante. Esto lo sugiere el mismo sujeto poético cuando nos dice, en el verso cuatro, “enciende el corazón y lo refrena”. Ese corazón suyo yace desprotegido, sometido al sentimiento amoroso que lo aprisiona y lo hace depender de la irresolución de su amada. Está hechizado por su amada, su existencia se limita a la posible realización del amor. El tópico de reflexión hacia el amor y de la queja hacia el sentimiento amoroso como fuerza que somete la razón del sujeto es también, un tema que proviene de la tradición petrarquista.

Como se dijo, no hay que ignorar que no solo el primer cuarteto comienza con la forma “en tanto que”, sino que el segundo también lo hace. Esta expresión indica una relación condicional entre dos enunciados: “en tanto que esto es así, lo otro será así”. Tenemos que tener en cuenta, sin embargo, una diversidad de significados. En el primer cuarteto, se puede interpretar que el sujeto poético dice que, en tanto la amada está sonrojada, tiene que hacer algo. También está la idea de que, en tanto que la dama es hermosa, ocurre tal cosa.

Para entender realmente el significado de estas construcciones hay que continuar la lectura de los dos tercetos. En estos se desarrolla el segundo gran tema del poema: disfrutar la vida, o más exclusivamente, al juventud, mientras se tiene. Por lo tanto, el sujeto poético le está queriendo decir a su destinatario, principalmente que, aproveche mientras posea su juventud (y su belleza, la cual describe en los cuartetos) pues esta, como la vida, es pasajera.

Recuerdan estos versos la tópica del “carpe diem” y del “tempus fugit”. El origen de la primera se encuentra en un verso de las Geórgicas de Virgilio: “Pero huye entre tanto, huye irreparablemente el tiempo” (Geórgicas, III, 284). La segunda, en uno de Horacio: “vive cada momento de tu vida como si fuese el último” (Odas, I, 11).

En el poema de Garcilaso, ambas se pueden rastrear en construcciones como “todo lo mudará la edad ligera” y “coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto”. El mensaje del sujeto poético hacia su amada es claro: que disfrute de su juventud antes de que el tiempo arrase con ella. Este significado es construido por Garcilaso con una serie de metáforas: las estaciones representan las etapas de la vida (la primavera, el fruto, la rosa son la juventud y el invierno, la nieve, el viento helado, la vejez). Es notable la relación que piensa Garcilaso entre el cabello de la amada y una montaña, cuya hermosa cumbre, a causa del tiempo, es cubierta de nieve (canas).

A partir de la presencia de los cuartetos y del significado que ellos acarrean, también notamos el vínculo entre “disfrutar la juventud” con “entregarse a la pasión”. El sujeto poético incita a la amada a rendirse a eso que la hace sonrojar, pues las oportunidades no son para siempre, y la vida debe ser disfrutada[5].

"El nacimiento de Venus" de Botticelli. Se considera el ejemplo más puro del ideal de belleza renacentista.
“El nacimiento de Venus” de Botticelli. Se considera el ejemplo más puro del ideal de belleza renacentista.

Tenemos, entonces, una heterogeneidad de fenómenos que van desde el pedido de un amante hacia una amada, la expresión de la incertidumbre interna de la amada, la manifestación de la contradicción que genera el hecho de que la amada sea honesta y pura (cualidad que, a la vez que es admirable y enamora, no permite la realización de un amor que, desde su nacimiento, se funda en la primicia de lo no-honroso), la reflexión filosófica respecto a lo efímero de la vida (reflexión muy propia del barroco), y la presencia de la noción del “aprovecha el día” vinculado semánticamente al “déjate llevar por tus pasiones”, entre otras cosas.

La complejidad de este soneto, sin embargo, no es solo temática. Ya se han señalado las distintas herramientas semánticas y estilísticas que enriquecen este poema, pero hace falta señalar también, por ejemplo, las varias imágenes sensoriales que Garcilaso pone en acción: “mirar ardiente” (táctil); “dulce fruto” (gustativo); “viento helado” (táctil o térmico). A su vez se da la repetición, por ejemplo, de la palabra “viento”. Cada vez que se reitera la palabra, esta adquiere un significado distinto que va evolucionando a lo largo del poema. Así, el viento pasa de ser un “viento cálido” que “desordena el cabello”, a ligarse a la idea del tiempo como agente negativo: “tiempo airado” y “viento helado”. Por último cabe destacar, en los últimos dos versos, la reiteración del verbo “mudar”, con significados opuestos: el no mudar la costumbre (y aprovechar la vida) conlleva una mutación consumada por el ligero e inflexible tiempo.

[1] Sin la intención de querer crear una explicación teórica profunda a este fenómeno, si se puede relacionar el hecho de que la belleza femenina respondiera a un molde fijo con la propia naturaleza de la estética renacentista: esta se caracteriza por su tendencia a convertirse en norma o ley, por juzgar lo estético como una condición inherente de los objetos, con la cual se ha nacido o con la que se vive en falta. En este momento, todavía la cultura occidental no comprende lo estético como una propiedad relativa o circunstancial. Dicha concepción se denota tanto en el arte reglamentado que crean como en su visión homogénea de la belleza de la mujer.

[2] Hay que señalar que Garcilaso utiliza un hipérbaton para dar mayor protagonismo al grupo “de rosa y de azucena”. Habiendo construido la oración siguiendo una sintaxis normal, este hubiera quedado desplazado, cuando su carga semántica es esencial para el desarrollo de los cuartetos: “En tanto que la color en vuestro gesto se muestra de rosa y de azucena”.

[3] Es decir que, primero el amante la ve de frente, y luego ella se torna dándole la espalda. Allí puede el sujeto apreciar y alabar su cabello y su cuello.

[4] Desde la tradición de la poesía provenzal y del amor trovadoresco, el amor no está relacionado al matrimonio. Es más, la construcción del amor trovadoresco se realiza en las afueras del matrimonio: la amada es una mujer casada, por lo tanto el amor ya desde el inicio es un amor imposible, o por lo menos, indebido.

[5] Notamos la presencia de una filosofía vitalista y hasta hedonista, vinculada a la noción del “carpe diem”, construcción tal vez ligada a la idea de aprovechar la vida y los momentos de felicidad que ella nos otorga.

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2 comentarios

  1. Sensacional comentario. Por añadir alguna información complementaria que no mejora tu análisis quisiera decir algo. Tanto Petrarca como Dante fueron ‘Fieles de amor’ un grupo iniciático heredero de los templarios que valoraba de modo extraordinario a la Madre de Dios como símbolo del ‘eterno femenino’. Al margen de que hubiera alguna Beatriz o Laura reales, ellos tomaron esas figuras femeninas particulares para referirse a la Gran Madre y mostrar de forma cifrada toda una simbología mística. Quizá de ahí provenga ese modo de describir a una dama con caracteres no individualizados que hereda Garcilaso con esa influencia italiana. Te recomiendo ‘El esoterismo de Dante’ de René Guénon, un libro que revela aspectos muy interesantes tanto para la mística como para la literatura, que es de lo que se trata aquí. Un saludo.

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  2. Genial información, no la conocía. Te agradezco mucho el compartirla y también el libro, lo voy a tener en cuenta! Es interesantísimo ver como fue evolucionando la noción de “amor” y la relación de esta con el concepto de “mujer” a lo largo de la historia y en la literatura. Saludos!

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