Política y religión, en el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau

“Los hombres no tuvieron al principio más reyes que los dioses ni más gobierno que el teocrático. (…) Se precisa que los sentimientos y las ideas se modifiquen durante largo tiempo para que podamos decidirnos a tomar a un semejante por dueño y a vanagloriarnos de que así nos encontramos a gusto”.

Basándome en el cuarto libro de El contrato social (Du Contract Social, Ou, Principes du Droit Politique; 1762), voy a plantear brevemente la perspectiva del autor franco-helvético respecto del tema mencionado: el modo en que pueden convivir, en un mismo Estado, el poder político y el eclesiástico/religioso.

El tema de la religión aparece recién sobre el final del libro. Lo que Rousseau hace es un análisis que parte siempre desde la política, desde las posibilidades del príncipe, el soberano y el tribunado, ya que ése es el eje de su interés; y no, por el contrario, debates propiamente teológicos o metafísicos.

Así, el nacido en Ginebra expone una serie de cuestiones concernientes al poder político, apoyándose en casos históricos. En base a los ejemplos, el autor postula dos enunciados: por un lado, afirma que “… nunca se fundó un Estado sin que le sirviera de base la religión”. Por otro, sostiene que “la ley cristiana es, en el fondo, más perjudicial que útil para la constitución fuerte del Estado”.

El autor argumenta sus tesis distinguiendo tres tipos de religión: 1) la religión del hombre (que se limita al culto puramente interior del dios y al cumplimiento de los deberes morales), de la cual se desprende el derecho divino natural; 2) la religión del ciudadano (inscrita en un país, posee dioses patronos, dogmas, ritos, templos, altares, y “su culto exterior está prescrito por las leyes”), que a su vez es “causa” del derecho divino civil o positivo; y 3) la religión del sacerdote, o mixta (da a los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias; “los somete a deberes contradictorios y les impide poder ser a la vez devotos y ciudadanos”).

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Hecha la enumeración, ofrece duras críticas hacia las tres categorías que acaba de distinguir. Respecto de la religión del sacerdote, la que posee complicaciones más evidentes, sostiene que “Todo lo que rompe la unidad social no tiene valor alguno, tampoco lo tienen todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo”.

A la religión civil le destaca el hecho de reunir el culto divino y el amor a las leyes en una misma cosa –la unidad de ambas es fundamental a la hora de establecer un Estado, según explica Rousseau-, pero le cuestiona que “ahoga el verdadero culto de la divinidad en una ceremonia inútil”, y que, al ser exclusiva, vuelve intolerantes y violentos a los hombres (quien siga este camino “cree hacer una acción santa matando a todo el que no admite sus dioses”).

Este tipo de culto fue practicado con mayor fuerza durante los siglos previos al nacimiento del Cristianismo, en muchas ciudades-Estado europeas. Allí, las nociones de dios y de ley estaban tan entrelazadas entre sí, que hubiese resultado incoherente pensarlas como dos fuerzas distintas. Ya dentro de nuestra era, el Islam es considerado por Rousseau como uno de los casos en donde confluyen política y religión; no obstante, “cuando los árabes se hicieron florecientes, letrados, refinados, blandos y cobardes, fueron sometidos por los bárbaros; entonces volvió a empezar la división”. Los casos de Inglaterra y Rusia, en donde las máximas autoridades (el rey y el zar respectivamente) se hacen cargo de sus Iglesias, son meras ficciones; la legislación sigue en manos del clero (invención a la que caracteriza de “obra maestra de política”), y la lucha de poderes sigue vigente.

Pasemos, finalmente, a la última categoría. La religión del hombre, que se identifica con el cristianismo (el del evangelio, no el de “sus días”, como advierte el autor), tiene la ventaja de hacer hermanos a todos los seres humanos –al ser hijos del mismo Dios-, lo que significa una ventaja importante respecto de aquellas religiones que promueven un sentido de pertenencia muy exclusivo. Pero, dado su fuerte contenido espiritual, “lejos de unir los corazones de los ciudadanos al Estado, los separa de él como de todas las cosas de la tierra. No conozco nada más contrario al espíritu social”.

Si cada miembro de la sociedad fuese un cristiano “auténtico”, conjetura el autor, cumpliría su deber al pie de la letra. Esta actitud aparentemente altruista y comprometida es en realidad consecuencia de la creencia en la vida eterna. Entonces, cada ciudadano haría su trabajo “con una total indiferencia respecto al resultado bueno o malo de sus actos. Con tal que no tenga nada que reprocharse, lo tiene sin cuidado que todo vaya bien o mal aquí abajo”. Algo similar sucedería en caso de guerras o desorden civil.

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Rousseau deja en claro, de esta manera, que la religión debe estar “al servicio” del poder estatal, porque sólo así se lograrían evitar conflictos entre cuerpos con intereses antagónicos. Por lo tanto, el autor intenta transformar en una herramienta útil para el Estado lo que en principio se presenta como una amenaza a la autoridad política del príncipe. Lo que él mismo propone en la conclusión del texto con respecto al culto divino consiste en que sea el soberano, y no un sacerdote, quien establezca sentimientos de sociabilidad, respeto y tolerancia (ya no dogmas exclusivos), de modo que la conducta de cada individuo responda a las preocupaciones del gobernante (paz, orden, estabilidad, etc.).

En definitiva, podría decirse que Rouseeau “prioriza” a la política por sobre la religión porque la primera, a diferencia de esta última, posee fines prácticos. En el marco de la creencia en una vida eterna, la visión que se pueda tener sobre un contrato social cambia radicalmente, pues bajo esta concepción el ahora pierde valor. “Pero me equivoco al hablar de una república cristiana; cada una de estas palabras excluye a la otra. El Cristianismo no predica más que servidumbre y dependencia. Su espíritu es demasiado favorable a la tiranía para que ésta no lo aproveche siempre. Los verdaderos cristianos están hechos para ser esclavos; lo saben y apenas si les importa; esta corta vida tiene poco valor a sus ojos”.

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