Acerca del relativismo moral y cultural

El relativismo cultural plantea que, a partir de que existen distintas creencias y culturas –las cuales tienen visiones de la realidad antagónicas entre sí-, se debe tratar de entender cada situación o acto humano en relación con su contexto, y no basándose en la cultura propia.

El relativismo moral propone, por otro lado, que si conviven diferentes sistemas morales se debe al hecho de que no existen –ni pueden existir- parámetros morales objetivos o universales, “buenos/verdaderos en sí mismos”.

Ambas posturas comparten, como vemos, el hecho de otorgar una importancia determinante al contexto en el que acontecen los actos humanos: la combinación de factores geográficos, artísticos, políticos, religiosos y económicos, entre otros, dan forma tanto a la moral como a la cultura.

Una de las mayores dificultades que implica adoptar el relativismo moral es entender que no existen derechos u obligaciones naturales o inherentes al hombre. Lo que significa que cuestiones básicas, como lo es el derecho a la vida dentro de ciertas concepciones cristianas/occidentales –tomo esto como un simple ejemplo; no sostengo que en otros ambientes lo sea ni debiera serlo- no poseen ningún tipo de garantía o justificación real fuera de dichos sistemas. Como vemos, ser relativista requiere de un extrañamiento completo con respecto a la moral propia.

Aceptar su propuesta no significa, como podría llegar a creerse, que se deba caer en un anarquismo y falta total de sentido, en el que “todo esté permitido” (si nos limitamos al ejemplo anterior, estamos diciendo que ser relativista no implica defender el asesinato). Al menos no es una consecuencia necesaria.

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Al contrario. La organización y la estructuración son, en mayor o menor medida, una necesidad humana. Aceptando que no existe un orden ideal o estático al cual el hombre deba ajustarse, es posible imaginar y construir un código netamente humano –es decir, un código moral que no esté basado en ningún sistema metafísico, sino estrictamente en las necesidades humanas; y, además, que se sepa como tal-, que responda en la medida de lo posible al beneficio de todos.

Un contrato social, por ejemplo, puede ser construido sin apoyarse en la garantía de ningún dios o concepto inmutable; y puede fundamentarse, en cambio, en el propósito de satisfacer algún aspecto de la vida de sus “usuarios” o “firmantes” (el derecho a la vida, por seguir con el mismo caso, el cual se acuerda exclusivamente por practicidad o conveniencia propia). Algo similar es lo que plantea Rousseau al describir el nacimiento de un Estado.

Lo que da vida a una asociación de este tipo es, entonces, la necesidad del hombre. Su forma responde a esas carencias, por lo que no es ni eterna ni universal, y mucho menos “buena o verdadera en sí misma”. Simplemente es una respuesta elaborada ante un problema, que puede variar en la medida que cambien los inconvenientes o necesidades. Por lo tanto, es el hombre el único propósito y la única causa de su existencia.

En segundo lugar, si hacemos referencia al relativismo moral tenemos que ocuparnos del modo en que esta postura es “puesta en práctica”. Este aspecto del relativismo es tal vez el más delicado o controversial –o es donde la polémica se hace más evidente- de tratar, porque como dijimos es el que se vuelca sobre los actos, propios y ajenos.

Lo que queremos decir, concretamente, es la manera en que reaccionamos ante lo otro. Sucede que muchas veces una cultura o modo de pensar ajeno a nosotros ve como positivo un hecho puntual que, de acuerdo a nuestros parámetros, resulta una aberración (o viceversa).

Por citar sólo un ejemplo, consideremos, dentro de la novela Un mundo feliz (Brave New World), las dos concepciones que conviven en torno al fenómeno de la muerte. Por un lado, la profunda tristeza y el desconsuelo de John ante el fallecimiento de su madre; por otro, las alegres enfermeras que pasean a niños de un jardín por los hospitales, con el fin de que aprendan que la muerte es un suceso natural (para que se naturalicen ante ella), y que no hay por qué sentirse mal al respecto.

HUXLEY

Aldous Huxley

Surgen, junto con la incredulidad y hasta la impotencia que alguien como John podría sentir frente a un caso como este –si es que no se pertenece a la sociedad descrita por Huxley, claro-, algunos planteos más amplios y fundamentales. ¿Debemos tratar de imponer las ideas que nos fueron enseñadas como buenas? ¿Debemos intentar demostrar a los miembros del otro grupo que están equivocados, que sus parámetros de vida no son los adecuados? ¿O debemos, en cambio, tratar de aceptar que en el fondo no hay valores e ideas de carácter absoluto; que lo que nosotros mismos creemos es sencillamente producto del entorno y el momento histórico en el cual fuimos criados (y por eso posee el mismo valor que otras cosmovisiones) y en el que vivimos, y por eso nada podemos hacer más que respetar o intentar comprender? Ante estos hechos puntuales es donde el relativismo comienza a hacernos ruido.

Esas cuestiones fundamentales, profundamente arraigadas en nuestro entorno y por ende en nuestra mente, son vistas como naturales. Y ese es precisamente el eje del problema: ¿puede ser un sentimiento natural; o es siempre relativo, histórico, construido, artificial? (En este contexto, que sea artificial no significa que no posea valor, no; sino que su “jurisdicción” no es universal ni objetiva).

Nuestro grado de tolerancia dependerá, en gran parte, del modo en que nos relacionemos con el sistema moral que nos rodea. Nuestra capacidad de extrañarnos ante lo habitual, de preguntarnos por lo que consideramos propio, y de crítica frente a nosotros mismos: la desnaturalización. Mientras más impropios nos resulten nuestros parámetros, más alejados nos sentiremos respecto de nuestro contexto, y menos identificados nos veremos con éste.

Esa actitud de crítica visceral frente a lo conocido es un paso inevitable para quien esté parcial o completamente en favor del relativismo moral (el cultural no implica esta actitud de no-acción frente a lo distinto). Se trata, sin duda, de uno de los problemas filosóficos más atrayentes y polémicos a la vez, por las reacciones encontradas que provoca entre los hombres y en el hombre mismo.

Además, su alto grado de interés puede fundamentarse en el hecho de que, al enmarcarse en ramas de la filosofía como lo son la filosofía política y la ética (cuyos problemas nacen de la realidad, y tratan de volverse sobre ella al redactar sus teorías), toca temáticas íntimamente relacionadas con las acciones, con la vida misma; y que por eso la influye y tiene resultados prácticos.

Artículo relacionado: https://reescritura.wordpress.com/2014/07/23/brave-new-world-el-hombre-el-animal-artificial/

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