Especial: El cine de Steve McQueen. II – Shame (2011)

Luego de haber llamado la atención con su primer largometraje: Hunger (ganador de un Caméra d’Or en Cannes), McQueen continúa su relato antropológico en Shame, filme que aplica una ideología materialista y a veces posmoderna de la posición del hombre en el mundo y en relación a su contexto.

El primer filme del inglés nos traía diversas problemáticas, tales como los límites de lo humanamente aceptable, o el cuerpo como herramienta de la voluntad de poder, y lo hacía a partir de un simbolismo marcado y una estructura narrativa inusual. Este segundo filme será coherente al mantener un progreso ideológico y artístico, donde también se incitara a una exploración del cuerpo y el limite -esta vez social- aceptable.

El rostro de Fassbender corresponde ahora a un adicto al sexo. A partir de esta problematica premisa podemos pensar una arqueología de la sexualidad en el cine para intentar posicionar a este filme en una línea de evolución conceptual. Sin el ánimo de emprender tamaña empresa, y sin la necesidad imperiosa de hablar de los múltiples antecedentes estéticos/ideológicos del filme, si nos proponemos concentrar la producción de sentido a esta arista materialista que fácilmente puede abrirse al entrar en contacto con el filme.

La problematización de la adicción no permite un tratamiento moralista, en tanto entendamos esto como la censura de un modo de vida por fuera de la visión conservadora. Es decir, no podemos aplicar un criterio ético a la película pues desde un principio ella nos lo niega. Lo que vemos es una historia bajo una optica de humanidad pura (tema que retomaremos más adelante). Desde la primera escena comprendemos a Brandon en un contexto social determinante, por lo que su condición de vida es, en términos materialistas, consecuencia de una infraestructura social/económica que determina su subjetividad.

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Habiendo eludido la reducción interpretativa de la obra, si conviene hablar, ya no del cuerpo como herramienta de poder, sino del deseo como herramienta de control, es sobre este tema que nos explayaremos a continuación.

La película no nos muestra el pasado de Brandon. Al implantar pequeños indicios, se sugiere una niñez conflictiva tanto del protagonista como de su hermana. En ambos notamos un grave desequilibrio emocional, consecuencia -especulativa pero probable- de este origen problemático. Brandon es incapaz de generar un vínculo emocional con otra persona, de poder concebir la idea del compañerismo y del amor.

Los sistemas económicos (entendido no como concepto, sino como acción), en la teoría marxista ortodoxa, funcionan como una base por sobre la que se erige el edificio que constituye las formas de conciencia social. Es decir que, el imaginario cultural (y por lo tanto la subjetividad individual que es determinada por él) está predeterminado por esta infraestructura.

Brandon recorre las calles de Nueva York y no encuentra en ella más que soledad: un espejo de su propia falta de conexión, un vacío, propio también de una época, en el que se refleja el suyo propio. El protagonista es un adicto a causa de esta falta sustancial de conexión emocional y de ausencia de sentido general. Las condiciones que determinan a Brandon están fríamente calculadas, son el resultado de una evolución artificial y pensada. En ese sentido, resulta interesante compararlo con personajes propios de la literatura posmoderna estadounidense como Eric Packer, el protagonista de Cosmopolis de Don Delillo, con el que comparte tanto el cronotopo de la capital neoyorquina como el vertigo que produce en el individuo el fin de los metarrelatos.

Si hablamos de formaciones de poder en términos foucaultianos comprendemos que un ente (dominante) ejerce poder por sobre Brandon (dominado). El medio es el deseo del protagonista: se trata de promocionar la dependencia, de generar una necesidad. En estos términos, el capitalismo posee un sistema de control psicológico conocido: generar demanda para justificar una oferta, que no es otra cosa que alimentar ese deseo consumista que oculta (mas no llena) el vacío de nuestros interiores.

Brandon es, también, un consumista. Está atrapado en un vórtice de oferta-demanda donde su deseo sexual, convertido en deseo material, constituye la demanda, y la sociedad, desarrollada en los mismos términos de dependencia y dominación, posee los medios para ofertar dicha demanda.

La cámara de McQueen se amolda a este esqueleto ideológico que se erige por detrás. La estética de este filme es la de la terrible y eterna insatisfacción, la de la desolación y el miedo, la de la desesperación y la desesperanza

(Lo que sigue puede contener Spoilers de la historia) La película se constituye en un ciclo sin un fin, que se corresponde con este círculo donde la oferta y la demanda convergen. Vemos en el inicio a un Brandon animalizado, su deseo desatado, un predador, vampiro que odia la sangre y la necesita. Hacia el final, la misma escena se repite, pero en su lugar, la última expresión de desesperación del protagonista (¿cierra?) una historia trágica que, en crescendo, va llevando a Brandon hasta las últimas consecuencias de este ciclo, hasta un punto donde la conciencia desaparece.

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¿Es realismo lo que persigue McQueen con su cámara? Shame no es un documental. Si la cámara busca no evitar la crudeza con artificios es porque quiere sumergirnos hasta su última consecuencia: solo de esta manera se puede comprender el sufrimiento de Brandon. El efecto trágico de la “humanidad”, ya descrito en la entrada sobre Hunger, vuelve a manifestarse con increíble poder en la última secuencia donde, espectadores del descontrol último de Brandon, somos también testigos de la angustia de una humanidad e individualidad perdida, destruída, asimilada a este gran aparato social. El llanto final del protagonista no es otra cosa que el espíritu humano intentando resistir esta vorágine que lo absorbe y lo destruye.

Uno de los momentos más importantes en el filme es la escena donde el jefe de Brandon, al enterarse del contenido de la computadora de su amigo, emite un juicio: “Hay que estar muy enfermo para pasar todo el día en eso”. Lo realmente extraordinario de la escena es que su amigo, en lugar de afrontar a Brandon y su adicción, automáticamente transfiere la culpa a un posible pasante, lo cual le quita la responsabilidad de afrontar la marginalidad de su amigo, de ayudarlo. Ante esta respuesta doble (un moralismo condenatorio y ciego), todo queda en Fassbender quien realiza una de las mejores expresiones corporales de toda su carrera.

Y toda la película retorna a la escena del canto de Missy. McQueen utiliza el clásico tema que nos habla del deseo de triunfar, de la idea ya polemizada del “american dream” y lo recicla haciéndole decir algo totalmente contrario. Missy la canta de forma tal que cada palabra significa algo distinto al tema original, cuya resonancia solo queda como recordatorio, como contraste de esta nueva miseria y desesperación que transmite la voz de Carey Mulligan. Se trata de una resignificación (una reescritura) y de una parodia que, coherente con el resto de la ideología que se maneja en el filme, ataca una sociedad que -ironicamente- ha endiosado y aniquilado al individuo.

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