La pregunta por la identidad latinoamericana

Ayer, doce de octubre, se recordó lo que ya todos sabemos; el desembarco de Colón y sus hombres en continente americano. También conocemos con mayor o menor precisión los hechos que se desprendieron de aquel azaroso encuentro: explotaciones, imposiciones, guerras, revoluciones y declaraciones de independencia. Idas y vueltas, avances y resistencias. En fin, todo lo que abarca un proceso de colonización y su respectiva descolonización.

A todo esto, uno de los problemas que hemos “heredado” de forma indirecta de aquella circunstancia es nada más y nada menos que el de la identidad. ¿Quiénes somos? ¿Qué somos nosotros, los americanos? ¿Cuál es nuestra relación con esta tierra que habitamos? ¿Qué pasa con nuestro origen? Éstas eran algunas de las preguntas que ya Simón Bolívar se planteaba allá por 1815, y a las cuales daba forma en su famosa Carta de Jamaica.

“…no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país, y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimientos, y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado”.

Como vemos, se plantea explícitamente el tema del origen y del porvenir de los americanos, de esa masa multiforme en la que los individuos tienen en común, al menos, la tierra. Cuestiones similares, pero en base a otros elementos, serían analizadas posteriormente por Arturo Roig (1922-2012), filósofo e historiador argentino. Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano es un buen ejemplo de ello.

Latinoamerica

En este sentido, una de las problemáticas que aborda el autor y que vamos a desarrollar brevemente es la cuestión de la denominación de nuestro continente. El trabajo de Roig gira, por momentos, en torno a dos conceptos: el “nosotros” y lo “nuestro”. Se pregunta qué se entiende por ambos. En esta indagación por el sentido de pertenencia y por las maneras en que los individuos se constituyen como sujetos históricos e integrantes de un pueblo, la pregunta por los nombres que han designado a nuestro continente pasa a ocupar un lugar relevante.

El “nosotros” hace referencia a un sujeto latinoamericano que, si bien posee una continuidad histórica, no siempre se ha identificado -ni ha tenido la intención de hacerlo- de igual manera (mediante una misma “unidad referencial”). Por uno u otro motivo (ya sea histórico, geográfico o cultural), se ha partido desde distintas concepciones de la diversidad (la población es, debido a su “mestizaje cultural”, esencialmente disímil), y no se ha tenido en cuenta una misma idea de unidad (la enunciación de ese “nosotros” que se funda en lo colectivo) a la hora de apuntar a esa diversidad. En base a todo esto, es posible hablar de múltiples horizontes de comprensión, los cuales llenan a cada nombre de un significado y una legitimidad singulares.

A propósito de esta idea, señala el mendocino que la historia de los modos de unidad es simultáneamente la historia del nacimiento de la conciencia para sí de un determinado grupo social; y que, en ese marco, ha habido en América tres momentos fundamentales. Los colonizadores fueron los primeros en concebir a estas tierras como una unidad. En este sentido el autor sostiene que “la idea de América fue inventada por Europa”.

Arturo RoigArturo Roig

El segundo momento tiene como protagonista al grupo criollo, descendiente de europeos, el cual invocará el nombre de americano “asumiendo, como clase que ha adquirido un cierto grado de conciencia para sí, la representación de los demás estamentos, en particular el del campesinado durante el siglo XIX”. A partir del 1900, sin embargo, las masas se reivindican y exigen el derecho de invocar una forma de unidad y autodeterminación propias. El surgimiento de esta nueva voz terminará mostrando que todo horizonte de comprensión es relativo e histórico.

“El conquistador europeo, el hijo del conquistador y posteriormente el hijo del colonizador, nacidos en América, afirmaron cada uno una unidad desde una diversidad que les era propia y, por eso mismo, desde distintos horizontes de comprensión. De este modo, la historia de los nombres viene a ser la historia de la aparición de un sujeto que los enuncia dentro de un proceso de historización”.

Allí reside la importancia que Roig otorga a los nombres: no en el nombre mismo, que al fin y al cabo es arbitrario, sino en el sujeto o comunidad que está detrás de él. “… el [nombre] que nos sirva para señalar nuestra autoafirmación y para autorreconocernos, será el que sea, potencial o actualmente, legitimado por aquel sujeto”.

En definitiva, Roig concluye que la inquietud por replantearse la manera de designar nuestro continente “no es ni puede ser ajena a la cuestión de quién es el sujeto en nuestra América, que puede autodenominarse, de cualquier modo que sea, sin caer otra vez en proyectos de unidad que concluyan siendo encubridores tanto de nuestras formas de dependencia externa, como de las relaciones de explotación social interna”.

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