Criminis Causa y la literatura comprometida (I)

“Todo nuevo estilo surge como una necesidad histórico-social, de la vida y es el producto necesario de la evolución social.” Georg Lukács.

Esta hipótesis, central en la concepción de arte del crítico y filósofo húngaro, parece ciertamente inocente a primera vista. El primer problema que conlleva pensar al arte como producto y necesidad social es el consecuente acto de limitar el alcance de la función artística, entenderla de forma unívoca como un espacio donde el devenir histórico encuentra manifestación particular.

Como hemos dicho de otras maneras y en otras entradas en este blog, la breve forma textual que es este formato de entrada censura el impulso por detallar y justificar ciertas cosas. En este caso, no es pertinente para la naturaleza práctica del escrito que use mucho espacio para exponer las polémicas y los nudos conceptuales que surgen de esta comprensión de la obra artística, tales como el problema de la mediación.

Sin embargo, manteniendo una ideología ya recurrente en estos pequeños espacios de reflexión, voy a tomar este enunciado en su positividad y aprovecharlo para producir sentido.

En 2013, la editorial marplatense Letra Sudaca publicó la primer novela del periodista y novelista Juan Carrá. Ella se titula Criminis Causa y cuenta con un marcado estilo: narrador oculto, estilización de las voces de los personajes, explosivo ritmo narrativo, entre otras cosas.

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Es imposible comprender la novela si ignoramos su impronta social. La historia que relata es la de “El Cabe”, protagonista cuyo apodo funciona para sintetizar las propiedades de su individualidad, de su historia personal.

Walter Heredia, como lo llama el narrador, es sin duda un producto de su medio. Así se lo describe y se lo narra: existe solo en su entorno, la calle. De esta manera, la voz narrativa teje los pormenores del argumento partiendo de esta integración sujeto-contexto. Walter no puede ser comprendido sin la calle, y la calle no existe sin Walter.

Pero el Cabe somos todos. Los sentimientos que nos provoca su particular historia no mueren en una distanciada lástima o compasión. Somos testigos de lo que ocurre y sentimos verdadera humanidad, escalofrío que proviene de contemplar lo inhumano. Somos Walter. Somos su verdugo, su impotencia y su día a día.

Lukács creía en una literatura de denuncia. Yo creo en las palabras como armas. Carrá formula una ficción que nos es sentidamente inmediata, real, e irónicamente, la presenta como un policial negro. La ficción de Walter no permite escapatorias, atrapa, horroriza, despierta.

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3 comentarios

  1. Este post me ha llevado, inevitablemente, a recordar “La poesía es un arma cargada de futuro”, destacado poema de mi admirado Gabriel Celaya.
    Anoto “Criminis causa” en mi lista de lecturas pendientes.
    Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

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