Criminis Causa: el diálogo violento entre lo oficial y lo marginal

Criminis Causa (publicada el año pasado por Letra Sudaca, editorial de nuestra ciudad) es, con toda claridad, lo que denominamos un policial negro. Personajes que no podríamos ubicar con certeza ni del lado de los “buenos” ni en su opuesto, porque tienen como motor la búsqueda de la satisfacción propia. Personajes que por momentos se adecúan a las normas morales, o lo que entendemos como correcto, y por momentos no. Su valor reside precisamente en esa complejidad, en ese carácter ambiguo y cambiante, que no permite al lector ponerse de un solo lado de la historia.

Además de esta suerte de fuerza vital que impulsa a cada uno, es interesante entender las acciones y vínculos de los personajes como auténticas relaciones de poder. Para saciar la propia sed sin necesidad de arrastrarse o tener que estar esquivando las balas, la única salida posible que se les presenta es la de abrirse paso por sobre el resto de una manera más “sutil”.

La capacidad de negociar con los otros es, en este sentido, clave. Ésta depende de la imagen (o las imágenes) que cada uno logre forjarse dentro de los distintos ambientes en los que se mueve. Este poder de regateo depende, por lo tanto, del respeto y la fama que cada uno use como coraza.

Otra forma de encarar la obra, que está asociada a estas nociones de imagen y respeto, es la de la contraposición de dos ámbitos o mundos distintos. La ciudad y la villa, lo legal y lo no permitido, lo oficial y lo clandestino; todas oposiciones que reflejan lo que uno podría pensar como escenarios opuestos.

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Juan Carrá, autor de Criminis Causa

En el fondo, sin embargo, el realismo de la narración permite desentrañar una naturaleza que hasta entonces permanece oculta. Bajo contenidos diferentes yace una única forma. No importa si nos situamos en un pasillo de la villa o en uno de Tribunales: lo que rige es la ley del más fuerte.

Y esa ley más amplia, por así decirlo, se conforma de toda una serie de normas, los códigos, así como de prácticas y ritos semejantes. ¿Y qué son estos códigos? Normas no escritas, tácitas, que regulan la vida tanto en la villa como en la Departamental policial. Códigos que tienen que ver con la capacidad de negociar, una vez más, y con asegurar la permanencia del más fuerte en esa posición privilegiada.

Puede ser la fidelidad a la Iglesia católica o una promesa al Gauchito Gil; o puede tratarse del respeto al que tiene más poder en el barrio o al Oficial de rango más alto. Estas normas, no importa tanto su contenido concreto, limitan y direccionan de manera similar ambos escenarios.

Es por eso, en definitiva, que la novela es un excelente ejemplo del criminal negro. Es posible una lectura “a menor escala”, que preste atención a cómo se resuelven las venganzas y pactos secretos, y a descubrir la verdadera identidad de cada personaje. Pero también se nos presenta la posibilidad de destacar la manera en que el autor recrea estos ambientes colmados de corrupción y violencia (de hecho o institucional), y en los cuales aparece el lado crítico de la novela realista: las relaciones entre el individuo y su entorno.

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