Interstellar y el instinto de supervivencia

“Y es que para todos los vivientes (…) la más natural de las obras consiste en hacer otro viviente semejante a sí mismos –si se trata de un animal, otro animal, y si se trata de una planta, otra planta- con el fin de participar de lo eterno y lo divino en la medida en que les es posible: todos los seres, desde luego, aspiran a ello y con tal fin realizan cuantas acciones realizan naturalmente (…). Ahora bien, puesto que les resulta imposible participar de lo eterno y divino a través de una existencia ininterrumpida, ya que ningún ser sometido a corrupción puede permanecer siendo el mismo en su individualidad, cada uno participa en la medida en que le es posible, unos más y otros menos; y lo que pervive no es él mismo, sino otro individuo semejante a él, uno no en número, sino en especie.”[1]

Violentemos por un momento el sentido original del texto. Saquemos del medio a “los animales y las plantas”, y consideremos, aisladamente, un solo ser, un solo animal: el hombre. Las nociones de divinidad, infinitud o muerte son sólo válidas cuando nos referimos al él; o  dicho de otro modo, son sólo legítimas cuando la perspectiva de la que partimos es la humana.

¿Podemos decir que existe algo así como un vínculo que compromete al individuo con un grupo de pares? Así sin más, cualquiera diría, y con buenos motivos, que sí. Pero cuando la relación que tiene –o se pretende que tenga- el individuo es respecto a un grupo demasiado amplio, abstracto o desconocido para él, como puede ser el término “especie”, la cosa cambia. Cabe preguntarse, entonces, si es legítimo que un individuo se vea “obligado” a dar prioridad a un grupo de estas características por sobre su propia existencia.

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El planteo que intento presentar, tal vez no del todo claro hasta ahora, constituye uno de los ejes temáticos del film Interstellar. Repasemos brevemente el argumento de la película: un científico, sabiendo de la irrevocable fatalidad que acecha a la Tierra, designa a un pequeño grupo de astronautas la misión de encontrar un nuevo planeta, capaz de albergar la vida humana y con ello perpetuar la especie.

Dado que la nave destinada para semejante misión sólo tiene capacidad para cuatro pasajeros, la flota carga con una importante cantidad de óvulos fecundados y conservados en frío, con el propósito de, llegado el momento, hacerlos crecer y constituir colonias en el nuevo destino.

La película delimita el problema en términos de “especie”, al igual que Aristóteles en su De Ánima. Partimos de la base de que la situación que se plantea en la Interstellar es, con todas las letras, extrema. Esto no nos impide sin embargo intentar profundizar y replantear el asunto del que venimos hablando, y que aparece de trasfondo a lo largo del film.

¿Cuál es, nuevamente, el vínculo que une una parte al conjunto? ¿Por qué ese ser se siente parte del grupo? La identificación y el “sentido de responsabilidad” que el científico de la película siente no están asociados al deseo de que familiares o amigos suyos puedan salvarse de la inminente catástrofe, porque no están comprendidos dentro de los objetivos de la misión. Tampoco se trata, evidentemente, de un sentimiento respecto de los embriones mismos que viajarán en la nave.

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La guía de los actos del profesor está fundamentada nuevamente en el curioso término de especie. El deseo de que un grupo de eventuales seres humanos -los embriones-, los cuales no comparten ningún vínculo emocional directo, pueda vivir y prosperar está asociado sin duda a esta noción, rodeada a su vez de otros términos tales como “progreso”, “Historia” o “humanidad”.

Aristóteles diría, quizá, que se trata del deseo natural del hombre de abrazar la inmortalidad, la infinitud, la magnificencia. Una suerte de necesidad de reproducir y perpetuar lo semejante a uno, lo considerado como propio. Lo que puede ser entendido, también, como la persistencia humana, esa mezcla de orgullo y miedo que mueve al hombre a crear, y dejar vestigios. En última instancia es tal vez ese instinto de supervivencia al que se enfrentan Cooper, Mann y el resto de los protagonistas, motor que los impulsa a escapar del vacío y las sombras.

Resuenan en la cabeza algunos versos del poema de Dylan Thomas, citado en la película: Do not go gentle into that good night, / Old age should burn and rave at close of day; / Rage, rage against the dying of the light.

[1] (Aristóteles, Acerca del alma. II, 415a25-415b5)

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