Breve comentario respecto a la concepción de la mujer en la modernidad.

Permítaseme iniciar esta reflexión con una larga cita: “Este rasgo de los uruguayos constituido por la fijeza de los usos, me explica, teniendo en cuenta una especialización emocional hereditaria, la trivialidad de las mujeres, y su apego estúpido a los prejuicios de antaño. La mujer tal como la expresaron Shakespeare, Milton, Goethe, Heine, Dumas, Vigny, Musset y Baudelaire, no existe entre nosotros. “El bello pecado”, el más hermoso defecto de la naturaleza, “la onda pérfida y sutil”, la fragilidad divina, “la esfinge desgarradora”, la “falda que sueña crímenes y misterios”, “la satánica pecadora”, nada de esto es realidad en nuestro mundo. La mujer siempre una, siempre igual, la carne de matrimonio, la esclava doméstica, la patrona de cabaña, la que manda al mercado, es la fútil hembra humana de los ganados conyugales, es la sola que existen en el país;”

Este fragmento escrito por Julio Herrera y Reissig, poeta uruguayo, es citado por Ángel Rama en Las máscaras democráticas del modernismo, un conjunto de ensayos dedicados a explorar las propiedades de la mentalidad moderna.

Lo primero que acontece luego de la lectura de estas palabras es una reacción de cuestionamiento moral. En consecuencia, vale decir que, personalmente, creo que siempre debemos comprender a los sujetos y a los enunciados en el contexto en el que existen, pues no hay hombre sin historia ni hay ideología sin comunidad. Por ejemplo: el derecho de pernada no se concibe salvo enmarcado en el pensamiento medievalista. Con esto quiero decir que el pensamiento individual siempre es resultado, en parte, de una serie de procesos históricos que condicionan el desarrollo de la cosmovisión colectiva.

Ángel Rama.
Ángel Rama.

Teniendo esto en cuenta, hace falta puntualizar que no tengo la intención de defenestrar la individualidad de Herrera y Reissig, sino hacer una lectura crítica y problemática de estas palabras con el objetivo de revelar la cosmovisión constituida en sus bases y contraponerla a una mirada actualizada y, con suerte, más acertada, desde un punto de vista liberal y relativo.

Ahora bien, Rama se toma el trabajo de aclarar lo siguiente: “esta requisitoria no es  exclusivamente antifemenina, pues pertenece a un libro en que no queda  sector  social  que  no  sea  denigrado”. El autor también uruguayo ya nos da una pista respecto a cómo comprender el machismo y la objetualización de la mujer latentes en estas palabras.

Es imperante, en consecuencia, localizar este discurso en un contexto histórico, que en este caso viene a ser lo que la historia del pensamiento ha llamado “modernidad”. De las propiedades de esta etapa quiero destacar (cometiendo el necesario error de simplificar las problemáticas que acarrea) una particularidad que es fundamental en la configuración de la conciencia de los individuos: en este momento histórico, el pensamiento posee la propiedad de ser binario. En otras palabras, la forma de comprender el mundo se caracteriza por la concepción de pares antitéticos (alma/cuerpo, por citar un ejemplo), y por su devenir jerárquico (y por lo tanto, que sistematiza), en tanto comprende la existencia solo en términos de superioridad e inferioridad, verdad y mentira, razón y error.

Como consecuencia, el hombre moderno es incapaz de pensar lo otro. Todo lo que escapa a su ideología se manifiesta como un enemigo o virus a neutralizar. Encontramos un ejemplo funcional de esto en el  primer contacto entre europeos y americanos, donde se conforma el par binario civilización/barbarie: el colonizador o misionero europeo, lejos de considerar la posibilidad de coexistencia de dos culturas y sociedades distintas, reacciona intentando asimilar o destruir lo distinto.

En el caso del párrafo citado, se observa claramente la oposición hombre/mujer. La primera utilización que se hace del término “mujer” ya hace notar una peculiar representación del género, pues, como dice Bajtín, no existe enunciado sin carga ideológica. El acto de comprender a la mujer a partir de la comparación con figuras ficcionales da la pauta de la incapacidad de concebir lo ajeno (en este caso, el sexo ajeno) en sus particularidades. La concepción generalizada del género femenino (de una esencia que subyace a toda mujer y que define sus posibilidades de existencia), la imposibilidad de imaginar la individualidad, y el posterior acto de exigir el cumplimiento de un destino que no es más que una máscara, proviene todo del imaginario moderno, de una etapa del pensamiento humano.

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Ilustración de Gabriel Moreno.

El Siglo XX trae las bases teóricas que provocan el quiebre epistemológico y que abren lo que ahora se da por llamar “posmodernidad”. En síntesis, durante este período se rompe con la serie de preceptos que fundamentan el pensamiento moderno: razón, verdad, historia y progreso. Donde antes había certeza, ahora triunfa el relativismo. Las formulaciones jerárquicas se derriban en orden de un nuevo pensamiento, tal vez más abierto, conciliador y tolerante.

Estos nuevos y revolucionarios esquemas teóricos nos permiten repensar a la mujer, que se presenta ya no como ser destinado a cumplir un modelo prefigurado, sino como individuo con voluntad de razonamiento y acción, sujeto plural y cambiante, y, ante todo, existencia libre (de prejuicios, de exigencias, de modelos).

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6 comentarios

  1. Muy buena exposición y acertados, a mi modo de ver, comentarios, aunque discrepo con la creencia de un paradigma de cambio traído por la postmodernidad. Lo que ha cambiado ha sido el contexto, pero se mantienen firmes –porque se asientan en bases biológicas– aspectos como la formación mental de un enemigo (por ejemplo en la política) al que abatir, o el egoísmo propio de los humanos que tienden a considerar falso todo cuanto contradice sus propias creencias o a pasar por encima de los demás para alcanzar sus propios deseos. Y siento discrepar contigo también en considerar que la postmodernidad dé más valor a la razón o a la verdad (la historia se moldea al gusto de cada cual y el progreso siempre es partidista), sino que es una nueva sentimentalidad la que guía esa razón y la que establece las nuevas verdades. Pero que una nueva sentimentalidad, más edulcorada y rosa, sea el motor de una nueva concepción del mundo de las relaciones sociales, no es para tirar cohetes. Sí que ha roto algunos rígidos corsés, que ha puesto lo femenino en pie de igualdad a lo masculino, pero también ha colocado un corsé excesivamente apretado a los instintos masculinos que puede ser causante de graves desequilibrios psíquicos.
    Un saludo

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    • Respecto a lo primero, exactamente a contexto me refiero, contexto de pensamiento, contexto ideológico. Quiero decir que el individuo solo accede a ciertas formas de pensamiento cuando la sociedad que habita ha logrado una evolución de su marco de creencias. En cuanto a la capacidad de la -posmodernidad- de cambiar ampliamente la forma en la que se formulan los límites del sujeto, ciertamente se puede dudar, pues ya de primera hay que dudar del mismo concepto de posmodernidad, porque es tan relativo y teórico como cualquier otro. Lo que yo quería señalar, que tal vez no quedó claro, no es que las “verdades” que la posmodernidad trae sean mejores a las anteriores, sino que, la verdad como tal (unívoca, teleológica, indiscutible) (así como la idea de Historia y Progreso) se rompen, lo cual genera, en el sujeto, un estado de inseguridad, de relativismo existencial. Esto obviamente, contrastándolo con lo que la historia del pensamiento dice respecto a la modernidad: pensamiento binario, jerárquico, disciplinario, excluyente, y ante todo racional. Ese “vale todo” de la posmodernidad consta, justamente, de cuestionarse estas abstracciones que ya son inútiles en tanto modelos de existencia, reglas por las que regir el pensamiento y el comportamiento. Ese nuevo relativismo tiene sus lados positivos y negativos, pero, entre otras cosas, permite la deconstrucción del concepto de esencia y la reafirmación de un principio de libertad (y responsabilidad, como lo plantea Sartre), por lo menos en ciertos sectores del pensamiento occidental. Todo eso se ejemplifica bastante claro en el hecho de que la teoría feminista comienza a tomar forma en estos momentos. Se abre la jugada, si bien el individuo (creo que por naturaleza) nunca escapa del todo de las determinaciones externas.

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  2. Bueno, tenemos determinaciones externas, del medio social, cultural, económico, ideológico, y del medio interno, biológico. Creo que el postmodernismo no ha hecho otra cosa que poner su firma en lo ya construido en el devenir desde las grandes guerras, Vietnam y Guerra fría incluidas. NO ha aportado valor alguno. Sí lo han aportado los movimientos que arrancan en Rousseau y que con Marcuse, Adorno, Habermas y otros, van dando forma a un socialismo light que quiere fundar derechos de minorías hasta entonces minusvaloradas, léase el feminismo, el animalismo, el movimiento gay… El denominador común de todos ellos es una cambio de sensibilidad ante el mundo, sensibilidad en la percepción y en la expresión (sentimental). Esta sensibilidad nueva no solo enraiza en Rousseau, sino también en el cristianismo primitivo, es decir, se trata de un movimiento en defensa de los “débiles”, en defensa de la igualdad de derechos, un movimiento para la concordia. Lo perverso de todo ello es que al actuar lo biológico, el egoísmo intrínseco de los humanos, el feminismo se convierte en ataque al macho, el animalismo en ataque a todo lo que signifique sufrir de los animales, etc. Cada grupo quiere imponer sus criterios morales al resto de la sociedad. Así, en España, son bastante usuales los casos en que se lucha contra el sufrimiento animal y en contra de las corridas de toros (sin contar con el criterio moral de los que aman las corridas) pero en cambio se asaltan granjas de animales para que mueran (antes muertos que yo os vea sufrir, lo que muestra a las claras que es el egoísmo quien dirige).
    Pero la cosa se pervierte porque, al menos en Europa, sobre todo en España, esos grupos han impuesto su criterio moral al resto de la sociedad (los más pasionales suelen imponerlo), y la prohibición de todo lo instintivo se ha hecho norma, y el “lenguaje políticamente correcto” se ha convertido en el mayor bozal de los últimos siglos. La verdad está prohibida porque siempre ofende a alguien. Se debe hablar de forma alegórica, sin referencias, sin expresar ningún aserto que moleste a grupo alguno. En caso contrario uno es crucificado por los medios de comunicación.
    Así que el relativismo no es en realidad tal. Se ha edificado una nueva moral, aunque dispar, y cada grupo ha edificado mentalmente sus nuevos enemigos. Aquí en España,amparados en esa nueva moral, un miembro del Estado Islámico es visto con “comprensión” por una parte importante de acólitos de esa nueva moral, pero si uno arranca una mata de tomillo del campo, si da una patada a un perro, si se queja de que un delincuente haya sido detenido en más de cien ocasiones sin entrar nunca en prisión, si se mofa de alguna mujer…, es reo de la reprobación social más escandalosa.
    La nueva moral no tiene nada de relativismo, es opresora como toda moral, pero esta lo es más si cabe porque trata de destruir la moral construida, así que su empeño es mayor, y el rencor que emplea para imponerse también lo es.

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    • Ciertamente no dejo de encontarme en desacuerdo con usted. La posibilidad de expresión de esas pequeñas minorías es ya un paso que, a mi parecer, es indudablemente positivo, por lo menos si se parte de las ideologías que yo resumo en el termino de “posmodernidad”. De la misma forma, no veo que la violencia de ciertos grupos particulares a la hora de expresar sus ideologías invalide de alguna manera la necesidad de un pensamiento abierto y democrático. Creo que esa crítica y censura que usted hace de esos movimientos es, desde este punto de vista, equivocada, pues, si quitamos esos espacios de manifestación (tal vez pervertidos, tal vez devenidos en violencia), llegamos a alguna forma de autoritarismo, pensamiento que, por lo menos según la historia contemporánea, el hombre parece aborrecer. De todas maneras esta entrada no estaba destinada a una discusión respecto a las posibilidades de esta categoría problemática, sino más a lograr una reflexión respecto a la consideración del sujeto en su entorno. Solo me queda decir lo siguiente: la moral es siempre una creación artificial; el hombre es un animal que impone su voluntad de poder al resto de los hombres. Ambos principios, como bien dice usted, son inamovibles, y el “relativismo” de la “posmodernidad” no implica la neutralización de la lucha ideológica. La lucha ideológica es el motor que mueve la sociedad, así como la voluntad de poder, o la voluntad de hacer, es el motor que mueve al hombre. La verdadera pregunta en todo este lío es ¿Cómo lograr una sociedad donde conviva este principio y también se puedan asegurar los derechos de libertad personal y libertad de expresión? Pues claro que la posmodernidad no lo ha logrado, y claro también que la violencia, la imposición y la lucha siguen existiendo. La posmodernidad, a lo sumo, permite ver que todos somos sujetos determinados por una cosmovisión y con la voluntad de imponerla al resto. Y permite también poner reglas a este vital enfrentamiento. Todo eso, claro, en teoría. Muchas gracias por sus palabras!

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  3. No estamos tan en desacuerdo. Incluso creo que la conciliación se cifra en el equilibrio entre unas tendencias y otras, entre unas ideologías y otras, entre unas morales y otras: sujetar el instinto pero sin que haga herida la brida de sujeción. Pero, ¡ay!, el espíritu grupal va dando bandazos, y el equilibrio pocas veces es posible, vamos de la ceca a la meca sin detenernos en el punto medio.
    Un saludo

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    • Yo a veces creo que la sociedad es una contradicción en sus bases. El hombre no está hecho para convivir, pero necesita hacerlo, está en su naturaleza. Pelear está en la naturaleza del hombre. Habría que ver donde encontramos ese espíritu grupal que se desea mientras también se desea la lucha. Los humanos somos complejos. Saludos!

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