Lo que el festival nos dejó (I)

En Mar del Plata, del 22 al 30 de Noviembre se llevó a cabo el 29º Festival Internacional de Cine, en el que tuvimos la posibilidad de disfrutar de aproximadamente 46 horas de cine nacional, internacional, clásico y de estreno. En las entradas siguientes nos ocuparemos de hacer un pequeño comentario respecto a las películas más relevantes, e incluiremos también una pequeña puntuación para generar un panorama organizado.

Ruido rosa

La lluvia une a dos personas separadas. Las inclementes tormentas de Barranquillas aparecen con insistencia para azotar la repetitiva vida de los dos protagonistas de la bella película del colombiano Roberto Flores Prieto. El ritmo pausado, la respiración débil, los silencios y los derrotados rostros de Roosevel Gonzalez y Mabel Pizarro protagonizan un filme acerca de la miseria y de la alegría, y sobre todo, de lo humano que hay en su cercanía.

Un cine con tal nivel de sobriedad y tendencia a filmar lo austero y cotidiano de la realidad exige cierto equilibrio de las formas y del contenido. Prieto logra, en cierta medida, controlar este estilo narrativo tan complejo, haciendo que su largometraje no deje nunca de ser significante y emocionalmente cargado. Su cámara fija y planos largos exigen al espectador una participación principal en la reconstrucción de la película. Es necesario, pues mediante esta unión de forma y contenido (este estilo de narrar lo insignificante en orden de convertirlo en significante) la película, primero, tejer una atmósfera densa de desdicha y abandono para luego iluminarse con pequeños rayos de luz: una felicidad silenciosa pero llena de esperanza que aparece en el contacto de los ojos de los protagonistas.

Ruido Rosa es, ante todo, una historia de amor. Amor que se retrata rodeado de polvo y suciedad. Amor que descolla en la negrura de lo habitual. Es, por lo tanto, un amor único. La relación entre los protagonistas repite los esquemas para deconstruírlos: el baile, la lluvia, la pelea. No se cuenta aquí una historia complaciente, ni se desarrolla un melodrama empalagoso; es lo humano lo que la cámara capta: la desolación, la entrega, la soledad, la esperanza, y sobre todo, la incertidumbre.  6/10

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El cordero

La primicia de esta película es más que interesante: un hombre aparentemente normal comete un asesinato involuntariamente, y, ante la falta de culpa, comienza una serie de actos violentos con el objetivo de sentirla. ¿Qué es lo normal? ¿Lo moralmente aceptado? ¿Con qué criterio universal se juzga la mente de un ser humano? (“A usted no le importa matar, usted no es persona” le dice uno de los personajes mientras Domingo lo observa inmutable).

El filme de  Juan Fransico Olea desarrolla una historia que utiliza el concepto de culpa como medio para encausar otra serie de problemáticas: la reflexión en torno a la validez universal de las normas sociales; la arbitrariedad de los principios morales; la esencia de la naturaleza humana; lo bueno y lo malo como categorías en las que se organizan las personas. Sin dejar de lado el comentario religioso (la culpa como herramienta de control), El cordero lleva adelante un discurso que ataca la cotidianeidad (arremete sobre todo contra su indiferencia y su trivialidad) y se manifiesta en una gama de registros. Queda en el director tener el pulso necesario para controlar el ritmo narrativo, en el que se alterna lo dramático y lo cómico.

Todo se resume en la expresión de Domingo (Daniel Muñoz entregándonos un personaje a mitad de camino entre Lester Burnham y John Doe) quien, en su impavidez contiene el fastidio de las horas vacías, la molestia de la superficialidad humana, la irritación de las moscas volando sobre su almuerzo y una locura que es, en última instancia, una desgracia más. Moderado filme que retrata la prisión que el día a día construye para todos nosotros y la frustración que supone una existencia insignificante. 6/10

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Pasolini

El género biográfico ha adoptado, en el cine, una tendencia normativa a partir de la cual se ha generado un molde o modelo estructural, un “paso a paso” que la mayoría de los directores siguen a la hora de recrear la vida de un sujeto extraordinario. El principal problema que subyace a este procedimiento, y que parece que Ferrara ha tenido en cuenta, es que cada individualidad exige un filme único (cuya estética y argumento expresen sin usar palabras la esencia de dicha persona). En cierta forma, Pasolini lo logra.

El retrato que la película pinta del director italiano se desarrolla escudándose en la idea de autonomía del arte, pues construye su propio verosímil, sus propias reglas, su propia lógica. El argumento no recupera los sucesos más importantes en la vida de Pier Paolo, sino que recrea su “último día”, intentando condensar en esas 24 horas el dinamismo de su personalidad múltiple, su energía y sus batallas internas. La primicia es exigente: Ferrara debe valerse de una gama de herramientas para lograr hacer justicia a la fascinante personalidad de Pasolini.

Parte pues, de una idea germinal: “Escandalizar es un derecho y ser escandalizado es un placer”. Ferrara debe utilizar este enunciado que emite el mismo Pasolini como ley, pues la imagen del director se reconstruye ante todo en su fortaleza ideológica, su autoconvencimiento, su tendencia a destruir lo concebido como normalidad (su “marginalidad sustancial”), su erotismo siempre libre, su soledad, y en última instancia, su imaginación ultraviolenta. Película con dignidad estética, que se afirma autónoma y se arriesga, que mezcla registros y sobre todo, que escandaliza. 7/10

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