Lo que el festival nos dejó (II)

El perro Molina

El arte es vida. Campusano lleva esta afirmación como estandarte: la hace esencia de su cine, núcleo de una estética que aboga, no por un rupturismo superficial, sino por un arte que es verdadero reflejo de una ideología de batalla. Así lo afirma en su entrevista con el blog LaFuga: “Yo creo que se trata de tener la mayor cantidad de elementos reales en composición, en equilibrio: La vestimenta, que sea la propia; los hábitos de conducta, que sean los propios; el movimiento del cuerpo, que sea el que es; pelo grasoso, ademanes, mohínes: que sean. Esos son signos de vida.”

Ahora bien, una de las particularidades más bellas y desafiantes del arte es que no existe un criterio universal para juzgarlo. El arte es, en este sentido, vida, y por lo tanto, devenir. Cada obra se desarrolla en términos de una autonomía absoluta (tal vez sea esta la propiedad que las une) respecto del resto y de la realidad. Esta libertad se convierte en exigencia a la hora de querer comprender y hablar de arte. Lo interesante del cine de Campusano (ni hablar de su tarea ampliando y construyendo la actividad cinematográfica en Buenos Aires) es que va por los lados, siempre escapando al canon, gambeteando lo artificioso, buscando ese “realismo vital”, creando un cine que trata de ser, ante todo, vida.

Estas salvedades son necesarias a la hora de hablar de un proyecto tan particular (y por lo tanto, necesario). En él podemos localizar a El perro molina como capítulo innovador, ya que, en él, su cine “outsider” (en tanto muestra lo que otros no muestran: lo marginal y clandestino –sin decoro, filtros, ni concesiones), tiende por primera vez a una estilización tal vez más convencional, o mejor aún, se ve salpicado por espacios de un formalismo hasta este momento casi inexistente. Por lo tanto, se hace más presente un problema latente en su filmografía, que es el de las pautas formales como expresión de una ideología o afirmación de una individualidad creadora. La pregunta sería: ¿Hasta qué punto es el cine materia prima moldeable y sumisa? ¿Qué alcance posee la norma del cine occidental? En última instancia ¿Cuándo podemos hablar de mal gusto y cuando de consciencia rupturista?

Si bien no es posible dar una respuesta conclusiva, si es interesante señalar uno de los puntos donde parece que los límites más se tensan. Es sabido que Campusano suele incluir en sus elencos a “actores amateurs”. Una decisión estética polémica, sobre todo cuando afecta de tal modo al desarrollo del argumento, que se torna imposible aceptar su verosímil, sentir lo que se busca que sintamos, en otras palabras, tragarse lo que la historia sirve. Se abren nuevas preguntas: ¿Qué es la actuación? ¿Hasta qué punto existe una norma que monopoliza este concepto? En su entrevista con Carla Maglio para LaFuga, Campusano dice, respecto a esto que “Nosotros siempre hacemos dos preguntas a las personas que participan: “¿Qué harías en tal situación?” y “¿Qué dirías?”. Preguntale esto a tres personas y ya tenés una escena.” ¿Es esto cine? Es, sin duda, ideología y cosmovisión. El último filme del director continúa su travesía a través de los límites de lo estético. 6/10

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Birdman

Mucho se ha dicho sobre la última película de Alejandro Gonzales Iñárritu. Me ha sido muy difícil encontrar, dentro del ya vasto océano de críticas positivas, alguna que la viera con malos ojos. En síntesis, se debaten dos posturas principales: unos comprenden la película como una arrogante exposición ideológica por parte de un director resentido respecto a la posición del artista y del crítico en el campo artístico; otros nos inclinamos a descubrir en Birdman una encantadora comedia existencial, magistralmente editada y continuamente ingeniosa.

Dicho así, la película parece cosa de perspectiva, pero lo indudable del filme de Iñárritu es su poder, su intensidad y su personalidad avasallante. La batería de Antonio Sanchez marca el ritmo hipnótico y perseverante, que trastabilla y sigue, empecinado por existir en un mundo gigantesco y anónimo (el mismo en el que vive el personaje de Keaton, desnudo y desprotegido). El argumento de Birdman es la lucha contra esa insignificancia tan humana, la búsqueda de una redención que deviene asunción; trascendencia que es, a la vez, irónica y definitiva.

A grandes rasgos, no hay mucho más que decir del filme del mexicano. Ha sido necesario dialogar un poco con las críticas que ha recibido, pues parece imprescindible rescatar las caras que muestra. Es descaradamente ideológica, y por la misma causa, es pasional y violenta: su humanidad la define. Se encuentra a ella misma irreversiblemente incompleta, extraviada, mediocre, pero se eleva al desnudarse, al realizar ese viraje irónico, al mostrarse al público y pavonear su imperfección. 9/10

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Pantanal

La salvedad obligada para El perro molina vuelve a ser valedera en el caso de Pantanal. Andrew Sala (cineasta nacido en Estados Unidos pero tan argentino en su hablar) debuta como director de un largometraje en este filme que él mismo define como un Road Movie. En un registro inusual, la película relata la historia de un hombre (cuya historia personal es casi completamente desconocida) que parte de Buenos Aires con una valija de dinero mal habido para concluir su viaje en Pantanal, llanura aluvial, espacio que exterioriza el interior mohoso, húmedo y lóbrego del personaje de Leonardo Murúa.

En este caso es conveniente distinguir proyecto de producto. De nuevo hay que echar mano de una entrevista al director, en este caso realizada por Visión de Cine, en la cual Sala cuenta cómo las condiciones de filmación de este filme lo convierten en una experiencia que trasciende el plano de lo artístico (el producto) para convertirse en una peripecia personal. De nuevo encontramos una visión del cine muy particular, por parte de un hombre que se dice seguidor de autores como Reygadas, Kiarostami y Kramer: “Me interesa trabajar con lo real, creo que ahí radica la fuerza del cine. Por “real” no me refiero a trabajar con una puesta en escena realista, sino que la puesta en escena parta desde lo real. Por esta razón usé un equipo técnico reducidísimo, locaciones reales y no-actores”.

El resultado de estas ideas es un filme estéticamente cuidado, conceptualmente interesante (la propuesta de juego en los límites entre ficción y documental es uno de los puntos altos), pero con diversos problemas a la hora de conciliar las condiciones irregulares de filmación para generar un producto satisfactorio. La falta de un guión articulado (ese “ir escribiendo sobre la marcha”) lleva la película a ciertas lagunas de contenido, variaciones de tono o discontinuidades que hacen dificultosa la expresión de ciertas sensaciones que parece, son esenciales para que el espectador pueda realizar también esa aventura, vivir el filme en su plenitud. Con más dificultades que triunfos, el primer largometraje de este joven director se manifiesta como “work in progress”, aventura personal y propuesta innovadora, pero en sí, como filme imperfecto, por momentos asmático y monótono. 4/10

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