Mejor hablar de ciertas cosas

Advertencia: este texto refleja la hipocresía, propia y ajena y es, a su modo, él mismo hipócrita.

Teniendo en cuenta las agresiones que tuvieron lugar durante el último “superclásico”, y el grado de repercusión que estos hechos alcanzaron, podemos suponer que no sólo a los medios de comunicación, sino también a la gran mayoría del público en general, no le preocupan ni “avergüenzan” los actos de violencia en sí mismos; la cosa parece ir por otro lado.

Pongamos un ejemplo: si nos enteramos de un atentado ocurrido en algún país africano o de medio Oriente, cometido por una organización terrorista o por un Estado mismo, que deja como saldo cientos o incluso miles de muertos y heridos; o, en otro contexto, si escuchamos sobre algún hecho violento ocurrido en el marco de un partido de fútbol de poca repercusión (en diciembre de 2014, hace menos de un año, un futbolista fue asesinado en la provincia de La Rioja por personas identificadas con el club contra el que jugaba su equipo), no nos vemos demasiado conmovidos. No parece que estos hechos nos generen demasiado.

Si, por otro lado, vemos en la tv que un grupo de dibujantes y periodistas franceses son asesinados por la posición política o el contenido artístico que producen; o, si en un partido de fútbol protagonizado por equipos como Boca y River, en el marco de una competencia internacional, un grupo de futbolistas es agredido por personas identificadas con el club opuesto al de los jugadores en cuestión, observamos que el efecto es completamente distinto al de los dos hechos antes mencionados.

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En casos como los últimos dos, curiosamente, nos sentimos tocados nosotros mismos, situándonos en el lugar de las propias víctimas del hecho violento; y hasta podemos llegar a sentir una especie de responsabilidad moral o deseo impetuoso de expresarnos frente a la noticia, manifestar una opinión, condena o reflexión. ¿No es un poco extraño todo esto?

Así como lo sucedido en La Rioja, hay cientos de hechos violentos ocurridos alrededor y fuera del fútbol; y sin embargo sólo algunos, en este caso los del superclásico, reciben tanta trascendencia. Es como si nos demandara un esfuerzo extra el poner al mismo nivel hechos similares entre sí; como si costara demasiado hablar, debatir y poner en el centro de nuestra atención algo que, por alguna razón, no ha sido puesto en el eje por otros. Lo cual lleva a preguntarnos si es efectivamente la violencia, en sí misma, lo que nos preocupa. ¿Por qué en la mayoría de los casos nadie habla del tema ni se horroriza, indigna o avergüenza?

¿Cómo es que algunos hechos nos hacen ver tan afectados, y otros, cuyos efectos son tan o más graves (al menos si nos guiamos por la cantidad o la forma en que afectan a las víctimas), prácticamente no existen? ¿De qué manera funciona esta lógica; cuál es el criterio de selección por el cual nos horrorizamos ante “x”, y casi no nos inmutamos ante “y”? Y más aún: ¿por qué existe tal filtro, tal criterio de selección?

No es necesariamente una cuestión “regional” o de cercanía geográfica; prácticamente cualquier país africano está más cerca de Argentina que Francia, por ejemplo. Podríamos suponer, entonces, que reaccionamos en base al contexto, y no tanto en función de la distancia; que cuando en nuestro entorno un hecho tiene mucha repercusión, nosotros somos llevados también a vernos afectados, de una u otra forma. Pero esto tampoco responde específicamente a lo planteado, porque podríamos repreguntarnos por qué en nuestro entorno se le da tanta cabida a “x” y no a “y”, y muchas cuestiones similares.

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¿Qué es, entonces? No parece tan alocado sugerir que se trata, sencillamente, de una cuestión de intereses. Tal noticia tiene tanta repercusión en tales lugares porque los intereses de un grupo muy amplio de individuos, o de un grupo no necesariamente tan amplio pero sí poderoso, se ven afectados. En el caso del fútbol, y puntualmente del partido del jueves, por ejemplo, sabemos que hay en juego intereses económicos y políticos de múltiples sectores: no sólo futbolistas, sino dirigentes, representantes, televisión, barras, etc.

Pero estas cuestiones de poder suponen otro “interés”, que no es de tipo económico, relativo a un sector mucho más amplio de personas: aquellos que consumen fútbol. No hace falta ir a la cancha, ni ser fanático, ni siquiera ser hincha o simpatizante de un equipo. Se trata de un vínculo completamente diferente el que liga a esta “patria futbolera” al deporte, del que une a los otros sectores al fútbol. No sé si cabe hablar de “mejor” o “peor”, más o menos “sano”, etc.; pero sí muy distinto y, en algún sentido, más fuerte.

¿Hasta qué punto, en definitiva, es empatía por Ponzio o Kranevitter este sentimiento general, y no temor por la posibilidad, más cercana o más lejana, de vernos afectados nosotros mismos, nuestros propios intereses? Porque si por un lado la posibilidad de suspender o “sancionar” al fútbol (posibilidad que, ante incidentes en partidos de menor trascendencia, sabemos que no se plantearía) puede llegar a parecernos justa o acorde a la situación, por otro lado es innegable que nos veríamos indefectible y profundamente afectados, dolidos o faltos de algo. ¿Hasta dónde, entonces, el repudio a los actos de violencia responde a un temor por la propia pérdida (la ausencia de fútbol), y no al acto violento en sí, dirigido hacia otra persona?

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