‘La nostalgia feliz’ de Amélie Nothomb: biografía como ficción.

Que haya una novela de Nothomb cada año ya se va convirtiendo en costumbre, algo así como pasa con las películas de Woody Allen, o como con las obras del escritor argentino Cesar Aira (que debe hacer un ta-te-ti-suerte-para-mi para ver en que editorial publica cada año)[1]. Evidentemente hay autores que nacen para ser prolíficos, sin duda el caso de Nothomb. Lo particular e interesante es que esto sea un cumplido y no una característica que desmerezca la calidad literaria de sus textos. Ese viejo refrán de más vale calidad que cantidad aquí no aplica: su vida exuda prosa.

La nostalgia feliz (la nostalgie hereuse, 2013) publicada por Anagrama este año es, a todas las apariencias, el punto final a la saga japonesa de la autora (comenzada con la brillante Estupor y temblores, Prix roman 1998), una saga que narra diversas estancias –a menudo conflictivas- de su vida en el país oriental. Por hacer una breve introducción, en Estupor y temblores tenemos una novela sumamente cómica, ácida y crítica hacia la sociedad nipona (y hacía la vida en los tiempos que corren, si se me permite) que le vale la no-traducción en el país hasta la llegada de la no menos valiosa Metafísica de los Tubos (novela que narra los pormenores de su infancia en Japón).

Tapa de 'La nostalgia feliz' publicada por editorial Anagrama. Sigue la tradición de Amélie de aparecer en la tapa de sus libros.
Tapa de ‘La nostalgia feliz’ publicada por editorial Anagrama. Sigue la tradición de Amélie de aparecer en la tapa de sus libros.

Todo enunciado se conecta con un enunciado anterior (dijo algúnx lingüista de por ahí), y es que el pasado, sus obras (¿su vida?) se vuelcan en el presente, dialogando para conformar el reencuentro de la autora con el país del sol naciente. Volveremos a ver a su niñera Nishio-san (presente en Metafísica de los tubos), a Rinri (novio de Amélie en Ni de Eva ni de Adán) y habrá un vínculo en constante tensión entre el recuerdo –lo que fue- y lo actual -lo que es-.

La novela (por decirle de alguna manera) nos hace reflexionar acerca de aquello que guardamos dulcemente en el lugar más íntimo y recóndito de nuestra mente: la infancia. Hacer chocar lo real con lo ideal suele producir un efecto de desencanto, de cierta nostalgia por lo que fue. Sin embargo ¿puede haber una nostalgia feliz? La cultura (y la lengua nipona), según nos enteremos en el texto, admite solo la acepción de nostalgia feliz (natsukashii). Para la nostalgia penosa/triste se utiliza la palabra extranjera nostalgic. En Amélie (personaje-autor, ¿autor-personaje?) se conjugan a la vez el sentimiento de pertenencia con el de extrañez (el ser-extranjero), creando quizás una relación igual de particular que la que producen las palabras “nostalgia” y “feliz” conjugadas en una misma oración en Occidente.

Hasta este punto hemos esquivado, o al menos intentado, una problemática que es esencial pero que no es de fácil abordaje para la extensión de una entrada. ¿Qué son en definitiva los textos de Amelie? ¿Ficciones autobiográficas? ¿novelas de no-ficción? ¿se pueden separar autor y personaje?. ¿y ficción y realidad? En definitiva no hay verdad absoluta al respecto, pero son múltiples los autores que se embarcan –y se han embarcado- en la veta autobiográfica, dentro y fuera de la literatura. Contemporáneamente podemos ver a Carrère (en literatura) con libros como De vidas extranjeras, o a Sufjan Stevens (en música), quién siempre mantuvo lazos autobiográficos con su obra, especialmente con su genial –y aclamado críticamente- Carrie & Lowell. Incluso si miramos hacia atrás podemos ver a Duras, Fellini y tantos otros. Ejemplos sobran.

El cantautor estadounidense Sufjan Stevens, otro contemporaneo que hace de la marca autobiografica un arte.  (Foto de Emmanuel Afolabi)
El cantautor estadounidense Sufjan Stevens, otro contemporaneo que hace de la marca autobiografica un arte.
(Foto de Emmanuel Afolabi)

Valdría preguntarse, si este influjo tan vigente no es una manifestación más de la búsqueda de sentido en la era del narciso, una lucha por definirse antes que ser definido. Quizás debamos simplemente pensarlo como Rinri y responder que la obra de Nothomb es una “encantadora ficción”, y es que, como luego reflexiona Amélie (“Pensándolo bien, entiendo lo que dice. En Ni de Eva ni de Adán, cuento mi versión de nuestra relación. “) si no hay verdad absoluta es cuestión de perspectiva: la realización de una obra sería entonces siempre ficcional, pese a que el objeto de referencia este anclado en el mundo, digamos, real.

La prosa aparentemente simple funciona como artificio y nos esconde de la problemática en cuestión, lográndonos fundir con naturalidad en el relato. Las múltiples alusiones al arte y al modo de vida actual (Facebook y Skrillex entre otros) resultan gratificantes y acentúan una sensación de cercanía, en este particular tono confesional de la autora.

En definitiva este libro cae como la frutilla del postre a una hermosa saga, un libro muy recomendable para los seguidores de Nothomb. Para aquellos que todavía no se han enfrentado a ninguna de sus obras, recomiendo sin embargo comenzar con Estupor y Temblores o Metafisica de los tubos, la intertextualidad con estos lo hace infinitamente más disfrutable.

[1] Dato curioso: revisando el artículo doy cuenta que tanto en Revista Ñ como en el blog Eterna Cadencia han hecho la misma comparación con Aira. (http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Nothomb-pais-perdido-infancia_0_1354064600.html; http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/43233)

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