“Ni una menos”: una reflexión sobre la lucha política y la simbólica

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Feminismo entra en ese grupo de palabras que, al haberse hecho de uso popular, han perdido su significado específico, se han asociado a fenómenos demasiado dispares, se han vaciado para convertirse en signos “comodines” (pasó y pasa en el movimiento ecológico, por ejemplo). En efecto, la palabra se ha utilizado como estandarte político, medio de agrupación social, herramienta de identificación del individuo, etc.

La imagen con la que se abrió esta pequeña reflexión es un ejemplo de las consecuencias de la masificación de los conceptos. “Ni una menos”, lema que ha adoptado la muy próxima marcha del 3 de Junio en contra del fenómeno de los femicidios, ha sido también víctima de un manoseo generalizado y de la apropiación de individuos y colectivos muy diferentes. Las huellas del manoseo abundan en los medios masivos de comunicación, y sobre todo en internet: desde acoplamientos de otros enunciados (el caso de la primera imagen u otras como: “Para decir ‘Ni una menos’ hay que legalizar el aborto”; “Para decir ‘Ni una menos’ hay que dejar de decirle ‘piropo’ al acoso callejero”; “Para decir ‘Ni una menos’ hay que dejar de criar princesitas indefensas y machitos violentos”) a respuestas irónicas y escépticas (el caso del hashtag #NiUnHuevoMenos en el que abundan tanto exigencias serias respecto a la falta de igualdad en cuanto a la violencia de género, por parte de hombres, como simples burlas o menosprecios).

Hay, lo que se podría llamar, una superabundancia de enunciados. Los medios e internet se llenan de eso: voces que hablan en forma de imágenes, comentarios en las redes sociales, entrevistas a sujetos especializados, insultos y sarcasmos. El famoso y temido monstruo de la opinión masiva, en el tiempo de los medios masivos.

Ahora bien, el proceso por el cual la lucha de una minoría de intelectuales en el siglo XVIII deviene una foto de Dady Brieva con su cartel de “Ni una menos” es harto complejo y exige una entrada aparte. Seamos esquemáticos. Hay que revisar la historia de la lucha que comienza con Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges. Para hacerlo, es posible reducirlo a cuatro grandes momentos: el movimiento sufragista, en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX, que aboga por la igualdad genérica en el plano del derecho institucional (exige la apertura del voto femenino); el “feminismo de la igualdad”, corriente teórica que nace en la segunda mitad del siglo XX y que origina el movimiento feminista radical de los 70 (que ya presenta una lucha más fuerte y contundente a nivel político-social, y que da lugar a los feminismos fanáticos o extremistas); el “feminismo de la diferencia”, pensamiento nacido hacia fines del siglo XX que, en gran medida, adopta los enunciados de la corriente del posestructuralismo francés: plantea no ya la igualdad esencial entre los géneros, sino que sostiene que la diferencia entre ambos existe, y es positiva (es decir, exige la necesidad, no de negar la existencia de lo femenino, sino de aceptarlo como algo distinto no subordinado a lo masculino); por último, los llamados estudios de género que, superando los límites impuestos por los conceptos de “lo femenino” y “lo masculino”, se proponen llevar adelante un estudio interdisciplinario de las condiciones (sociales, psicológicas, biológicas) en las que se desarrolla el género, ampliando su campo de trabajo a los fenómenos de la homosexualidad, el travestismo, y todos aquellos que no se correspondan con ninguna de estas categorías teóricas.

Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges, las primeras feministas.
Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges, las primeras feministas.

El documento que se leerá en la marcha del miércoles dice, entre otras cosas, lo siguiente: “El cambio más profundo es el cultural, es romper con la lógica patriarcal, entonces la educación es fundamental”. El enunciado es acertado. Toda lucha cultural debe darse a nivel social y político, pero también simbólico. En casi todos los asuntos sociales existe una doble dimensión de acción: la teórica y la práctica. Lo mismo ocurre dentro del individuo: una cosa es luchar con el afuera (ir a la marcha) y la otra, con el adentro. “Para decir ‘Ni una menos’ hay que dejar de ver Tinelli” expresa la sensación de una generalizada incongruencia entre la lucha exterior y política, y la interior y simbólica. De aquí proviene la hipocresía a la que está sometido todo individuo por el complejo carácter de su relación con la sociedad.

Mariana Gras, presidenta del Consejo Nacional de las Mujeres, en una entrevista con Telam, convocó a terminar con las “hipocresías” y la “doble moral” que manifiestan “muchos de los actores que deberían trabajar la temática” que hace que sea “muy difícil impulsar políticas públicas de género”. Efectivamente tanto la lucha simbólica e interna como la externa y política son igualmente importantes e indispensables, pero una sincera y exitosa moviización pública presupone una previa concientización general, un cambio en la forma de pensar. Lo propuesto por los distintos movimientos teóricos feministas no es de poca importancia. El llamamiento debería ser en primera instancia a cuestionarse uno mismo aquellos enunciados que hemos obtenido del entorno (ya sea consciente o inconscientemente). Esta lucha es generalmente más dificultosa, puesto que conlleva criticar los principios según los cuales definimos nuestra identidad. El cambio definitivo solo puede llegar si detrás existe una verdadera consciencia de la profunda alteración simbólica colectiva que conlleva (en el imaginario social, cultural e individual respecto a la noción de género: las normas y creencias que heredamos y transmitimos, que circulan y se legitiman en las instituciones sociales). Este se da, no frente a la Municipalidad, sino en las instancias de formación del sujeto: los medios de comunicación, el arte, el colegio o la facultad y, sobre todo, el hogar.

Dicho de forma más certera por Terry Eagleton:

Aunque la opresión de la mujer es de hecho una realidad material, una cuestión de maternidad, trabajo doméstico, discriminación laboral y desigualdad salarial, no puede reducirse a estos factores: es también una cuestión de ideología sexual, de las formas en que los hombres y las mujeres se imaginan a sí mismos y al otro en una sociedad dominada por el hombre, de percepciones y comportamientos que van desde lo brutalmente explícito a lo profundamente inconsciente.

Para concluir, un capítulo de Mentira la verdad que, siguiendo los estudios de género, problematiza las nociones excluyentes de “lo femenino” y “lo masculino” arraigadas en el sujeto. Leer y ver para pensar. Pensar para luchar.

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3 comentarios

  1. Ultimamente, la impresión que tengo, es que la palabra feminismo está mal vista. Y seguro que es por lo que se comenta al principio d ela entra, por la utilización masiva de la palabra, aplicandola a los más diversos significados. Para mí, ser feminista es luchar por la no discriminación de la mujer por el hecho de serlo. Claro que hombres y mujeres no somos iguales, físicamente es evidente, pero ambos somos personas, y una mujer nunca es menos persona que un hombre, igual que un hombre nunca es menos persona que una mujer. En el momento que eso cale en nuestra sociedad, la violencia de género seguro que acaba erradicándose

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    • Efectivamente, como decís, lo que se necesita es arraigar en el “imaginario colectivo” ciertas nociones que permitan al sujeto analizar y criticar conceptos envejecidos, ortodoxos, pero sobre todo, negativos para el desarrollo de la libertad individual. Como decís, la misma idea de “género” implica diferencias cuyas raíces radican en fenómenos de muy diversa índole (psicológica, sociológica, etc) que, al no ser comprendidos, suelen ponerse a un lado (este proceso de marginalización de lo “distinto” es común en todo el pensamiento occidental). La cosa es, ciertamente, aprender, interiorizar y disfrutar de la diferencia. Un saludo y gracias por la opinión!

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