Marguerite Duras: la escritura del deseo

Hacia 1930 una niña cruza el río Mekong en un transbordador. Tiene 15 años y medio. Lleva un sombrero masculino y se ha pintado los labios. De repente nota que un hombre la observa.

Escribirá, casi 60 años más tarde, El amante.

Una vez, se cuenta, Lacan le dijo a esta mujer: “Usted no debe saber que ha escrito lo que ha escrito. Porque se perdería. Y significaría la catástrofe”. En El Amante, aproximadamente treinta años después, Marguerite Donnadieu confiesa: “Nunca he escrito, creyendo hacerlo, nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada”.

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Duras propuso una foto suya de 15 años para la portada de “El amante”

Marguerite, nacida en el extraño oriente colonial, hija de una madre severa, hermana de un hermano menor (la víctima) y de uno mayor (el violento), escribirá sobre su vida. En sus novelas llevará adelante una escritura del deseo: va a concebir el arte como espacio de liberación, revolución, ruptura, estallido de una voz silenciada.

“En las historias de mis libros que se remontan a la infancia, de repente ya no sé de qué he evitado hablar, de qué he hablado, creo haber hablado del amor que sentíamos por nuestra madre pero no sé si he hablado del odio que también le teníamos y del amor que nos teníamos unos a otros y también del odio, terrible, en esta historia común de ruina y de muerte que era la de nuestra familia (…)”. [1]

La intensísima prosa de Donnadieu narra desde un punto de vista autobiográfico, los conflictos del individuo en la travesía de devenir sujeto, de independizarse del mandato familiar, de lograr una autonomía de sentimiento y pensamiento. Lo que escribe esta autora es el duro camino hacia la libertad.

No solo eso. La protagonista de El amante, personaje sin nombre, que es una mujer anciana que recuerda y escribe su primer relación amorosa con un chino, hijo de comerciantes en Saigón, pero también es una niña apaleada por su madre, sometida por su hermano mayor, que observa y se pierde en la violencia de esos ríos que llevan al fin del mundo, no olvidó. En 1931, Marguerite Donnadieu huyó de ese territorio de exilio y espera que fue para ella la Indochina colonial. Viajó a Paris. Se enamoró. Se unió al partido comunista, peleó en la resistencia durante la segunda guerra mundial, se divorció, perdió un hijo. Perdió un hermano. Creció. Escribió más de cuarenta novelas, ganó el premio Goncourt, dirigió quince largometrajes, escribió guiones, entre ellos el de Hiroshima mon amour, nominado a un Oscar. Pero no olvidó: la terrible indiferencia de su madre, la letra de su hermano menor, el cuerpo delgado y enfermizo de su amante, el nombre del barrio donde hubiera vivido con su padre en Francia (si este no hubiera muerto antes) y origen de su seudónimo: Duras.

Y ante todo, escribió al deseo: de escribir, de amar, de luchar, de matar, de rebelarse, de nacer y morir en la unión con otro.

El amante fue publicada en 1984, y llevada al cine en 1992 por Jean-Jaques Annaud. Narra, entre otras cosas, la oposición de dos espacios: el doméstico y el erótico. En el primero convive el odio y el amor. Las palabras de las que nunca podrá liberarse, que la hacen lo que es y a las que traiciona en su escritura. El mandato, las normas, el sí y el no, la vergüenza, la miseria, la dignidad de raza blanca. El segundo la tiene a ella como protagonista. Es donde ejerce poder, domina, siente, llora, realiza lo prohibido y se decide a sí misma libre. Ambos espacios conviven.

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“Y al escribir sobre ella (misma), transforma el aullido en un insondable susurro. La mujer habla, desde afuera, y se escucha extrañándose. Como se escucha la propia voz, irreconocible, lejana y ajena surgiendo de espacios y tiempos infinitos (…). Pero, paradójicamente, es justamente de esos profundísimos e intraducibles espacios, del teatro de la profunda soledad que ha sido durante siglos de su vida, de donde extrae la mujer su libertad.”[2]

En otra ocasión, Duras dijo: “Le reprocho a muchos libros que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, organizados, reglamentados, diríase que están conformes… buscan la forma correcta, la habitual, la más clara e inofensiva.”[3]El amante, novela desordenada, rebelde, incorrecta, es la perfecta ocasión para ingresar en la obligada lectura de esta autora, cuya obra, liberada de moralismos, expresa la profunda contradicción sobre la que conforma toda persona. Su lectura es violenta pues en ella nos encontramos a nosotros mismos: la complejidad de nuestras mentes, nuestros territorios de soledad y angustia, nuestra lucha por emanciparnos del mandato ajeno y en el fondo, nuestro indomable impulso hacia el deseo.

[1] Marguerite Duras: El amante.

[2] Adriana Crolla: La “Escritura mujer” en Marguerite Duras.

[3] Marguerite Duras: Escribir.

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