Reflexiones de un fanático de Masterchef

1.

Los que seguimos el reality de cocina emitido por Telefé, sabemos que el miércoles pasado fue eliminado Jacinto. Martín, el humilde, y Alejo, el soberbio, han pasado a la final, con un duelo personal declarado. La mayoría de nosotros deseamos que el ganador del programa sea Martín, no por cómo cocina, sino por sus cualidades como persona: él es el bueno. Como todo, este programa genera la oportunidad de reflexionar respecto a algunos temas, como la ficcionalización de la realidad, o la búsqueda de sentido en el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal.

Un “reality” busca, en principio, mostrar sucesos que le ocurren a gente “común y corriente”, en cierto contexto. El producto muestra, teóricamente, una realidad cercana a la del espectador promedio. Ahora bien, es notable que ningún reality, incluso los que se transmiten en vivo, sean pura inmediatez. A cualquiera puede parecerle lógica la idea de que, detrás del aparente hiperrealismo de esas cámaras hay, si no un obvio trabajo de producción, un mínimo planeamiento y hasta algún que otro guión.

Pues, lo que no hay que olvidar es que, lo que vende (aquí habría que hacer una pausa para pensar a parte cómo la ley capitalista de oferta y demanda influye en la relación entre los espectadores y sus aparatos de consumo, y en los contenidos consumidos) es lo que suscita en el espectador una serie de profundas y personales emociones. En otras palabras, lo que nos mantiene enganchadísimos a la pantalla no es (rescato a los fanáticos de la cocina) tanto la variedad y belleza de los platos que se presentan, sino el transcurso de una historia. Una narración cuyos sucesos y protagonistas producen en el público alegría, enojo, tristeza, y, al final de cuentas, esperanza. Pues, así como ocurre al leer los infortunios de Edipo, las desventuras del Quijote, las desgracias de Macbeth, o al observar la muerte del rey Theoden en El Señor de los Anillos, o el llanto desesperado de Brandon en Shame, el sentimiento que se activa al ver ser eliminado a Jacinto es lo que los griegos llamaban “eleos”, cuya traducción más acertada es la de Walter Kaufmann: humanidad. Es decir, la empatía que proviene de observar a otro ser humano atravesar acontecimientos adversos; de reconocernos en el otro (nuestra capacidad de sentir, nuestros valores, nuestra búsqueda de felicidad y sentido). De aquí la tendencia humana a ficcionalizar la realidad (o hacerla devenir narración).

En el capítulo II de Escenas de la vida posmoderna, Beatriz Sarlo reflexiona sobre el fenómeno de la televisión, insinuando que funciona como una actualización del Olimpo griego. En esta no tan loca metáfora, las estrellas de televisión, y hasta los personajes de los reality son los pequeños dioses efímeros del mundo posmoderno. Protagonistas de una fantasía posible gracias a la caja boba, estos sujetos reflejan al propio público, creando un teatro del y-qué-si-yo-estuviera-ahí.

2.

Toda historia clásica tiene su héroe y su villano. Martín personifica una serie de principios morales y vivencias comunes con los que la gente logra identificarse (observarse en el otro, en un maravilloso juego de espejos), mientras que Alejo, por cómo se ha mostrado a lo largo de la competencia, es todo aquello que no queremos ser. Es, por lo tanto, el “mal”. El uso de esta palabra hace pensar acerca del alcance del concepto de moral, su omnipresencia y su inherencia. Retorna la vieja pregunta filosófica: ¿Hay, efectivamente, una serie de reglas, principios o parámetros del “buen actuar”? ¿Alcanza la noción del “derecho ajeno” para distinguir lo que está bien, de lo que está mal? ¿Están estos mandamientos impresos en los genes? ¿Constituyen una “naturaleza” de lo humano, o son más bien una construcción cultural, social, en todo caso, ficcional, como dijo Nitezsche?

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Pero volvamos a la pregunta anterior sobre cómo y por qué el hombre tiende a ficcionalizar el mundo, o crear sentido allí donde tal vez no lo haya, o escribir un reglamento que sirva como guía.

Sarlo sugiere que “gozar con la repetición de estructuras conocidas es placentero y tranquilizador. (…) La repetición es una máquina de producir una felicidad apacible, donde el desorden semántico, ideológico o experiencial del mundo encuentra un reordenamiento final y remansos de restauración parcial del orden.”

Lo cierto es que buscamos la luz en la oscuridad, y en esa búsqueda estamos solos. En última instancia, nos encontramos en necesidad de rehuir al nihilismo, o al mito del escepticismo irónico del sujeto posmoderno. Proponemos, en su lugar, abrir los ojos a ese bello desorden sugerido por Sarlo (no dejarnos vaciar por la repetición al infinito del clic del control remoto), buscar un destello en el otro, afianzarnos en la realidad y tomar partido: ojalá que gane Martín.

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