Cobertura del Festival: MDPIFF Día 1

Día 1

Se respira el aire marplatense a puro cine, excelentes películas y concurrencia masiva a las funciones por gente de distintos lugares del país (y fuera de él). Un verdadero festival federal y popular. Para el día Viernes elegimos reseñar dos propuestas interesantes y diversas de la categoría Panorama de Autores: Counting y High-Rise.

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Counting (2015), del director neoyorquino nacido en Afganistán, Jem Cohen, es un documental no-narrativo, estructurado en quince capítulos y seis ciudades pero articulado de manera no-lineal y fragmentaria. Es decir, no quedan explícitas las articulaciones entre la colección de imágenes que se suceden en cámara, hay una democratización (al decir de Lipovetsky) del objeto de arte: todo vale para hacer películas.

En ese sentido nos recuerda a la figura del flâneur: la cámara vagabundea alrededor de las ciudades rescatando los deshechos, los márgenes de la sociedad. Podemos ver planos sobre gente en la calle, señales de tránsito, animales, vagabundos, personificadores, cementerios, músicos tocando en un subte, predicadores; nada queda exento.

Es una película mayoritariamente visual, una experiencia hipnótica desde lo estético, pero no por ello hay que obviar su rol social y político. Hay una clara intencionalidad de visibilización de lo marginado, de puesta en cuestión de la cultura mayoritaria: podemos ver manifestaciones, a los homeless, la utilización de la entrevista al Servicio de Inteligencia de Estados Unidos, el rescate y burla de la historia (a través de los museos y de los personificadores en Rusia) jugando con la temática de la memoria.

El eje en el que decide poner ojo Coen es principalmente el ámbito de lo público, haciendo retratos críticos de ciudades. Cierto es que también hay tomas intimistas, generalmente en Nueva York, donde retrata, por ejemplo, un departamento y un gato, poniendo en tensión un juego dialógico entre el dentro-casa y el fuera-extranjero, conjugándolo de manera exitosa, generando una propuesta más que interesante para el espectador. El film da en el clavo a la hora de no caer en los lugares comunes, casi dos horas de una experiencia contemplativa peculiar y disfrutable. 75/100

High-Rise_Foto_película_9843

High-Rise (2015), el último film de Ben Wheatley, está basado en la novela de J.G Ballard y afronta todas las complejidades que exige una adaptación o transposición artística exitosa. La mayoría del tiempo funciona correctamente, pero por momentos no termina de convencer, de salirse del molde. Ante todo podemos ver High-Rise como el reflejo del fracaso del proyecto modernista en la sociedad, un retrato descarnado y violento del hombre caído en sus instintos más bajos.

La estética post-apocalíptica, propia de la ciencia ficción distópica (cabe para otro momento la problematización sobre la nominalización del género en sí), está muy bien lograda y trabajada. La imponencia del edificio, donde se suceden la gran parte de los hechos, funciona de manera muy lograda, generando un microclima social aislado que funciona como simbolización y condensación de las estructuras económico-sociales imperantes, que lentamente se degradan y corrompen hasta su destrucción.

El edificio está organizado en estratos, según la posición donde se ubique el inquilino, lo que en definitiva termina en generar una atmósfera de violencia propia de la lucha de clases. Resultan trilladas algunas caracterizaciones de personajes, como la de Richard Wilder, interpretado por Luke Evans, un trabajador que rápidamente encabeza la rebelión contra las normas impuestas por los más pudientes y que no se sale por un segundo del lugar común, esperado y estereotipado.

Pese a ser funcional y correcto, con algunos momentos destacables, se hubiese agradecido un poco más de rebeldía a la hora de encarar la construcción del guión y de algunos personajes; resultan repetitivas algunas situaciones y da la sensación de que quizás la sobresaturación de la temática no suma más de lo que resta. Rescatamos la gran actuación de Tom Hiddleston, el Doctor Laing, que parece representar simultáneamente el último bastión de orden social y el ejemplo perfecto del trabajador alienado que pretende ascender socialmente; así como también el gran retrato carnavalesco, pensando centralmente en términos de Bajtin, al que devienen los hombres conforme se rompe el pacto social preestablecido. Sin ser absolutamente ground-breaking, High-Rise cumple, dejando con un sabor amargo del potencial no realizado que lleva este film consigo. 65/100

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